miércoles, 26 de agosto de 2026

SIEMPRE DE REGRESO Madre tierra aquí estoy para ti, como el viento que vuelve siempre para estar contigo, pero sé que algún día no estaré.

 Por: Edver Román PAREDES MILLA

Colección: Wayra Kutimuq

Volver a ti no es solo volver a un lugar en el mapa, es reencontrarnos con el niño que aún me contempla desde una de las ventanas de la casa vieja o vieja casa. Es entender que no se parte del todo cuando uno se marcha; porque al nacer de una madre y de un pueblo, ningún viaje es tan largo ni los caminos tan complicados como para no regresar, cuanto más lejos estamos es más fuerte el llamado. Siempre es un gusto volver a ver a nuestra madre y nuestra tierra madre, para rebuscar en cada rincón de la memoria momentos especiales de nuestra infancia, por los caminos enredados entre sus huertos y campiñas, las huellas que quedaron y se borraron cubiertos de polvo, que si bien no se conservaron en la zuela de los zapatos nunca salieron de nuestro corazón.

 Aunque las calles ya no son las mismas, han sido cubiertas por gruesos capas de concreto, que si bien es más inclusivo para la accesibilidad y transitabilidad, pero también es un progresivo deterioro de lo natural; los canales de riego que cruzan la ciudad, que antes eran acequias esculpidas por la fuerza del agua a su estilo y capricho siguiendo las pendientes y las leyes de la gravedad, acogiendo los nuevos vientos de modernidad, han sido encajonadas con canales de concreto y con tubos de plástico, ya no los vemos recorrer con algarabía y transparencia, menos cantarle al viento porque está como ave enjaulada.

Nuestras canchas deportivas y calles improvisadas para jugar el futbol o el vóley han sido silenciados por la tecnología, atracción de las nuevas generaciones. Los juegos grupales de las escondidas, manito, kiwi, salta soga, matagente, entre otros juegos, van quedando en el recuerdo.  Han disminuido las visitas a las santuarios de identidad, que contienen nuestra huellas infantiles: la piedra grande, el reloj solar, el agua salada, nuestra atractiva laguna turquesa, los restos arqueológicos de tornopampa, el paraje de llipiaj, el molino de piedra de huayu, el puente de de maticancha, la poza tibia de goño goño al margen del rio Cuyuchin.

Las paredes de adobe como viejas memorias ya están desapareciendo y los tejados rojizos se han perdido entre la modernidad sin fondo ni forma de las calaminas, eternit o aluzinc. Las viviendas con patio en el medio, donde podían ingresar las acémilas para la descarga de frutas o productos de panllevar, han sido reducidas a viviendas estrechas.  De aquellos cómodos y cálidos poyos de adoben y barro, donde el cansancio se sentaba y las conversaciones se hacían amenas entre padres y abuelos, solo quedan las frías veredas que no conoce de nuestros sentimientos ni del compañerismo fraternal. Sin embargo, la risa de la infancia sigue allí, en algún rincón de la atmósfera, aferrada al paisaje diurno y nocturno, entre la tierra y el cielo, como si el tiempo, por un instante, se detuviera para devolvernos imágenes de los que fue nuestra fugaz infancia.

Ya no están las pencas de los magueyes donde se escribieron muchas frases de amor, si bien han desaparecido incluso los mensajes consignados los borré el tiempo, también sabemos que muchos de esos amores han prosperado o tal vez algunos han fracasado. El agua que desde antaño se descuelga desde las alturas de coyllurcocha através del manantial de Ñahuin, sigue fluyendo incesante, como antes y desde siempre, aún sigue alimentando a hombres, plantas y animales. Nuestros árboles del pueblo también han envejecido: muchos cayeron como hombres que dieron todo en la jornada, pero hay troncos tozudos que aún sostienen el cielo, centinelas verdes de una memoria nunca clausurada.

Siempre estaré de vuelta. Quizá ya no regreso con la ropa empolvada después de cada juego, con la rodilla herida ni la canica en la mano, o sin el trompo danzarín, las campanillas de navidad o las matracas de semana santa; pero vuelvo con historias grabadas en la frente, con heridas abiertas y cerradas, con mucha dignidad y con la gratitud de haber nacido en este pequeño valle. Aquí todavía estoy contigo y para ti amada tierra, cuando me vaya una parte de ti se ira conmigo y una parte de mi se quedará contigo.

Ya vendrán otras generaciones, quienes le cantarán y escribirán a nuestra tierra cuando nosotros ya no estemos, cuando sean otros los vientos que soplen a las plantas, a los animales y al polvo desprendido de la tierra. Otros caminarán con el pecho henchido de orgullo por sus calles, campiñas y caminos, orgullosos de su identidad, así como lo sentimos ahora nosotros. Porque hasta que llegue el día de nuestra ausencia infinita, en cada viaje por muchos lugares y en el tiempo, siempre será un gusto regresar y vivir agradecido y orgulloso de haber nacido en este hermoso valle, mi pequeña tierra bonita.

PERSONAJES DE MI TIERRA: EPIFANIO LÚCAR REYES Vocación de maestro, corazón de servidor.

 Por: Edver Román PAREDES MILLA

Colección: Wayra Kutimuq

¿Quién no recuerda al Profesor Epicho? Aquel ilustre ciudadano de mirada clara y penetrante, ojos verdes y chispeante buen humor, cuya vida entera fue un acto de entrega incondicional a nuestro querido distrito de La Pampa. Vecino notable de la tradicional avenida Rivas Plata y maestro de vocación pura, don Epifanio Lúcar Reyes perteneció a esa estirpe de profesionales forjados con rigor en las aulas de la emblemática Escuela Normal de Tingua, en el Callejón de Huaylas. Quien escribe estas líneas, soy parte de esa generación afortunada de hijos pampinos que tuvo el inmenso privilegio de crecer bajo el cobijo moral de quienes construyeron nuestro pueblo desde las bases; caminamos guiados por los faros intensos de su ejemplo cívico, deslumbrados por una decencia y una caballerosidad que hoy parecen de otros tiempos. El profesor Epifanio personificaba la diplomacia, la finura y el temple del hombre culto que hizo del magisterio un apostolado cotidiano, entregando lo mejor de su talento al terruño, aun cuando tuviera que lidiar con la ingratitud de aquella máxima popular de que nadie es profeta en su propia tierra, donde al hijo del pueblo suelen buscarle mil reparos mientras al foráneo se le disculpa todo.

Su trayectoria pública y pedagógica dejó huellas imborrables en el desarrollo formativo e institucional de la comunidad. Como docente de aula, director de escuela y máxima autoridad del Núcleo Educativo Comunal (NEC) que operaba en La Pampa, don Epicho entendió que el verdadero progreso radicaba en abrir las puertas del conocimiento a la juventud local. Fue de los pocos hombres visionarios que se fajaron para hacer realidad la educación secundaria en nuestro distrito. En 1977, gracias a sus incansables gestiones desde la jefatura del NEC, se logró asegurar el funcionamiento del Colegio Santiago Antúnez de Mayolo. Aquella gesta fundacional arrancó con el presupuesto apenas suficiente para dos docentes: la profesora pampina Zonia Élida Roldán Chávez y el maestro Julio Collazos, quien quedó unido para siempre a nuestra tierra por lazos matrimoniales. Las asignaturas restantes se cubrieron mediante el compromiso cívico del personal del Núcleo Educativo, quienes dictaron clases ad honorem, entre ellos Julio Morales, el primer director Luis Murga Salazar y el propio Director del NEC profesor Epifanio Lúcar Reyes. Con el paso del tiempo y tras el retiro del director Murga, nuestro recordado Epicho asumió con solvencia la conducción del plantel, liderando en estrecha coordinación con las autoridades comunales y la APAFA la construcción de los nuevos pabellones donde hoy funciona la Dirección y la gestión de mayor presupuesto para el personal docente, auxiliar y administrativo.

Elegido democráticamente como alcalde distrital de La Pampa en los tiempos en que los periodos ediles duraban tres años, don Epifanio trasladó al sillón municipal la misma rectitud con la que gobernaba el aula. Durante su mandato se materializó la edificación del Puesto de Salud en el jirón Lima, obra prioritaria que atendió la salud del pueblo durante más de una década, hasta que las difíciles condiciones del terreno salitroso minaron sus bases. Sin embargo, más allá del protocolo oficial o la investidura municipal, el rasgo que mejor retrata su estirpe humana era su cercanía con las necesidades del vecino común. No era extraño ver al mismísimo alcalde pampino, acompañado por el escaso personal obrero del municipio, recorriendo desde muy temprano calles, jirones y avenidas, portando una sierra de mano, trozos de tubería de PVC y latas de pegamento, dispuesto a ensuciarse las manos en las zanjas abiertas para reparar personalmente las roturas de la red matriz y garantizar que el agua no faltara en los hogares.

Amante apasionado del deporte, entusiasta cultor de la música tradicional ancashina y riguroso defensor de las buenas costumbres, el maestro Epicho Lucar fue desde siempre un vecino generoso que jamás dudó en desprenderse de sus propios bienes y pertenencias para socorrer al paisano en desgracia. Su memoria permanece viva en las anécdotas de las faenas comunales, en los patios del colegio que ayudó a crear y en la conciencia colectiva de una comunidad que aprendió a admirar su honestidad intachable. Don Epifanio Lúcar Reyes no solo educó generaciones de ciudadanos útiles para la patria; sembró en el corazón de La Pampa la certeza de que el verdadero liderazgo se demuestra con trabajo humilde, solvencia moral y una infinita capacidad de servicio.

domingo, 23 de agosto de 2026

EL PARQUE SAN FRANCISCO DE ASÍS: Tradición y memoria viva de La Pampa

 Por: Edver Roman PAREDES MILLA

Colección: Wayra Qutimuq

El Parque San Francisco de Asís es mucho más que un diseño urbano: es el gran centro de nuestra memoria colectiva y testigo fiel de aquellos años maravillosos de nuestra vida pasada en La Pampa. Tiempos aquellos en que todavía lo denominábamos Plaza de Armas — mucho antes de que se construyera la Plaza Mayor frente al actual local municipal—, aquel espacio libre y de pura tierra, era el escenario preferido de nuestras travesuras infantiles. Mientras nuestros padres asistían con devoción al interior del templo, nosotros nos adueñábamos del llano: corríamos sin freno tras una pelota de cuero o de jebe, jugábamos «manito», «mata gente», «mundo», “las escondidas”, “kiwi”, entre otros juegos ancestrales.

Hablar de la imponente iglesia matriz y de sus históricas gradas amerita una crónica aparte; hoy nos convoca la memoria de esta plaza cuyo uso mutaba en función a las fechas del calendario. Cada mes de octubre, con motivo de la fiesta patronal de San Francisco, San Miguel de Arcangel y Señor de los Milagros, el espacio se convertía en pista predilecta para las carreras de caballos o llamado también carrera de cintas. Incluso, en ocasiones memorables, se cerraban los cuatro accesos —tanto por el jirón Lima como por la calle Luis Acosta Guerrero— para transformarlo en un improvisado ruedo taurino. Al llegar febrero y marzo, el polvo daba paso a la algarabía de los carnavales, albergando las noches de rompimiento en la víspera, con la presencia obligatoria de los bailarines. Allí mismo, durante la Festividad Patronal, en el centro de la explanada y ante el asombro de todas las generaciones de lugareños y visitantes, los castillos pirotécnicos ardían con su estallido de luces, con olor a pólvora y silbidos festivos, propio de los fuegos artificiales.

El gran cambio comenzó con la llegada al sillón municipal de don Alberto Manrique Olivera, recordado con afecto y respeto por todo el pueblo como «Beto» Manrique. Hombre de empresa y vecino audaz, don Beto asumió la conducción edilicia en una etapa crucial para el país: el restablecimiento del proceso democrático municipal impulsado por el presidente Fernando Belaúnde Terry, quien convocó a las primeras elecciones locales en todo el territorio nacional.

Junto a su equipo de regidores —Andrés Manrique Olivera, Alberto Villalva Sotomayor, Benedicto Bonifaz y Ricardo Palacios Calderón—, el Señor Alcalde emprendió la titánica tarea de transformar aquel pampón en el moderno Parque. Eran tiempos difíciles, donde los municipios carecían de partidas presupuestales para proyectos de embellecimiento urbano, pero sobraba identidad local, creatividad y una sólida vocación de servicio. Fuimos testigos directos de cómo el alcalde puso a disposición su propio camión particular para trasladar tierra fértil de cultivo hasta el parque y junto con las responsables de la Iglesia Católica, se logró el trabjo voluntario de los pobladores del barrio San Francisco, en su mayoria, con mano de obra no calificada. Asimismo se gestionó con logro evidente el apoyo de material de construcción a la entidad gubernamental Cooperación Popular, entidad liderada en ese entonces por el recordado Rolando Malarín, un vecino Sihuasino allegado y muy identificado con el pueblo pampino.

 Para adornar los jardines se trajo plantones de hermosas rosas desde el Callejón de Huaylas, dándole al parque un colorido paisajístico sin precedentes. A esta labor de gran valor comunitario se sumó la participación generosa y desinteresada de don Simón Huamaní, ciudadano muy querido en el pueblo, había llegado desde Huallanca, ex trabajador de Electroperú, que echó raíces en La Pampa, donde formó su familia. Junto a su gran gesto, puso a disposición su moderna maquinaria y gracias a su gran maestría en la soldadura metálica, don Simón construyó las estructuras metálicas y contribuyó con la instalación de una potente red de iluminación con fluorcentes.

El resultado fue un extraordinario orgullo comunitario: dos elegantes glorietas, con sus respectivos cuadriláteros cubierto de simbólica y colorida vegetación, bien distribuidas bancas de madera para el sosiego de la tarde y luminarias que le daban vida a las noches pampinas. Para la niñez y adolescencia de aquellos años, contar con un espacio totalmente iluminado y seguro, representó una alegría inolvidable.

Con el trascurrir de los años, las subsiguientes gestiones municipales continuaron aportando, sumando mejoras y realizando labores de mantenimiento para que nuestro parque conserve su brillo y mejore su presentación. Hoy, muchas de las nuevas generaciones disfrutan de sus bancas, aprecian sus jardines y descansan bajo la sombra de coposos arboles de meijo, sin conocer la historia de las decisiones municipales y el desprendimiento de ciudadanos que no dudaron en dar su granito de arena para levantar esta gran obra, para el servicio de todas las generaciones venideras.

Nuestro Parque San Francisco de Asís puede competir con mucha seguridad en extensión y belleza con los espacios públicos similares del ámbito provincial; es hoy un lugar de descanso, escenario de  encuentro festivo, religioso, cívico y cultural; ya es el emblema de una sociedad pampina  que supo forjar la unidad, por encima de las discrepancias, con la mirada fija en el futuro, conscientes que muchas de las acciones de hoy, son valoradas en otros tiempos e inclusos por los visitantes que llegan a nuestra tierra a pasar días de descanso o por los viajeros que transitan de manera fugaz, pero dejan y difunden expresiones favorables a la belleza de nuestra tierra.

Queda para nosotros el enorme desafío de custodiar este extraordinario legado y asumir el compromiso de hacerlo cada día más bello. Respecto a las autoridades, este compromiso exige gestiones y acciones concretas, transparencia en el manejo de los recursos municipales y una clara visión territorial y de futuro que asegure su mejoramiento permanente. Por parte de la ciudadanía, exige un sentido cívico inquebrantable, asumiendo con seriedad su cuidado integral con vigilancia vecinal constante y comprometida. Proteger, embellecer y valorar nuestro parque es el más justo y noble homenaje que las generaciones presentes y futuras podemos rendir a aquellos pioneros visionarios, quienes, en tiempos de escasez de recursos financieros, pero con inmensa fe y trabajo colaborativo, levantaron La Pampa piedra sobre piedra y sembraron bienestar y esperanza, en ocasiones con sus propias manos sin retribución económica.

Huaraz, 28 de agosto del 2026.

jueves, 6 de agosto de 2026

ENTRE EL MOSTRADOR Y EL SILLÓN MUNICIPAL: RETRATO DE BACILIO CHIA CALDAS Evocamos el cariz humano, emprendendor y político de su vida,

 Por Edver Roman PAREDES MILLA. Colección : Personajes ilustres de mi tierra.

A nuestro recordado Bacilio Chia Caldas lo conocí desde los días hermosos de la infancia, cuando mis padres me enviaban a hacer compras en las pequeñas bodegas del pueblo. Entre aquellos mostradores y andamios de madera, el suyo destacaba no solo por lo surtido de la mercancía que ofrecía, sino por la presencia viva de un ciudadano ejemplar. Fue en ese trajín cotidiano donde tuve la suerte de tenerlo cerca y donde aprendí a conocer, de manera constante, la calidez de su carisma.

Más allá de mi aprecio personal, el tio Bashi, tal como lo llamabamos casi todos, gozaba del respeto unánime de La Pampa; mis padres y mas familiares se contaban entre sus cercanos círculos de amistad,  considerando además la familiaridad que nos unía considerando el árbol genealogico de mi madre. Más allá de algunos roces en los momentos intensos de las competencias deportivas y políticas, conservabamos una relación de respeto y consideración a su liderazgo. Es verdad que, como todo ser humano, habrá tenido sombras o desaciertos, pero cuando una vida trasciende con tal fuerza, la luz de sus virtudes termina eclipsando cualquier tropiezo del camino.

Y son justamente esas virtudes las que merecen pervivir en el recuerdo. Bacilio Chia Caldas fue dos veces alcalde de La Pampa y subprefecto de la provincia de Corongo, entre otros encargos públicos. Acciopopulista de convicción y de corazón, su nombre era referenciado en el ámbito partidario a nivel provincial, regional y nacional. Jamás mudó de camiseta: desde que tengo memoria hasta el día en que partió al encuentro del Señor, la lampa de Fernando Belaúnde fue su único e innegociable símbolo político.

Aquellos eran tiempos de líderes extraordinarios y perfiles temperamentales. En medio de esa diversidad,  Bacilio Chia destacó por una virtud escasa: la capacidad de conducir grupos a través del consenso, el diálogo y la búsqueda incondicional de la paz. Esa firme vocación conciliadora hizo que sus adversarios pretendieran calificarlo, erróneamente, de timorato. Sin embargo, quienes comprendemos la complejidad de las relaciones humanas sabemos bien que la templanza no es cobardía. Había en La Pampa liderazgos de todo tipo, desde los más beligerantes —cuya vehemencia también ayudó a empujar metas colectivas— hasta hombres como nuestro alcalde Bacilio Chia Caldas, cuya prioridad fue siempre la concertación.

Fue bajo el sello de sus gestiones cuando La Pampa logró el hito histórico de contar con fluido eléctrico, adelantándose a todos los demás pueblos de la provincia de Corongo. A su empuje se deben también la hazaña técnica del túnel de Mirasanta, la gran acogida a la expedición arqueológica japonesa que exploró el sitio de Buena Vista, la construcción del Mercado Municipal, la Casa de la Cultura y la importante Losa Deportiva que hoy lleva su nombre. Las fuentes orales y la memoria viva del pueblo nos revelan además a un hombre multifacético: al margen de la política, fue un deportista entusiasta, un apasionado de la música y, sobre todo, un comerciante a tiempo completo, faceta en la que el pueblo más lo trató y estimó.

Dirigente entrañable e hincha abnegado del Club Deportivo Alpamayo, Bacilio Chia era el alma de la camiseta roja y blanca. Recuerdo con nitidez cómo los muchachos, tras conseguir un triunfo en la cancha, no iban a celebrar a ningún otro lado sin pasar primero por su bodega para dedicarle la victoria y festejar a su lado.

Su dinámica política tenía también un matiz fascinante. Para ganar una elección, el candidato Bacilio Chia no necesitaba recorrer las calles haciendo propaganda desmedida; su bodega era su auténtico búnker electoral. La gente llegaba atraída por su buen trato, su conversación afable y pausada, y esa atmósfera de fraternidad de la que siempre estaba rodeado. Contaba con partidarios leales e incondicionales que hacían campaña por él con convicción absoluta, en un estilo de liderazgo tan genuino como propio.

Uno de los capítulos más emblemáticos en la historia de La Pampa fue la recuperación de los terrenos comunales, una gesta asumida bajo la firme presión del pueblo pero canalizada y liderada por la figura de él. Por aquella acción debió afrontar un prolongado y desgastante juicio, del cual, gracias a la intervención de autoridades justas, él y su grupo resultaron finalmente absueltos. Ciertamente, en cada una de sus obras como ciudadano y en cada hito de su gestión nunca estuvo solo; contó siempre con el respaldo de destacados líderes pampinos, incluidos los residentes en Lima —de cuyo puño y letra conservo valiosas cartas de gestión que me las heredo el Señor Marcial Acosta Izaguirre—. Pese a la labor compartida, su figura como líder local siempre brilló con luz propia, permitiéndole trascender en el tiempo.

En la década de los noventa, tras concluir mis estudios de Pedagogía, regresé a La Pampa para ejercer la docencia. Fue entonces cuando tuve el privilegio de tratarlo aún más de cerca. Bajo su tutoría y mentoría política, integré la lista de Acción Popular como primer regidor para el periodo 1990-1993, acompañando a don Andrés Manrique Olivera como candidato a la alcaldía. Aunque en aquella contienda ocupamos el segundo lugar, los años posteriores trajeron episodios difíciles y de inestabilidad para la gestión municipal. Ante el desgobierno, volvimos a juntar esfuerzos y, al lado de distinguidos pampinos, participamos activamente en el proceso de restauración de la gobernabilidad democrática de nuestro distrito.

El tiempo avanza de manera inexorable, pero la imagen del gran Bacilio Chia Caldas, como hijo predilecto de La Pampa, permanecerá inmune al olvido en el corazón de pampinos y coronguinos. Perennizar su trayectoria no es solo un deber histórico, sino un acto de gratitud personal: me reconozco su discípulo, al igual que de aquellos notables vecinos que, antes de partir a la eternidad, dejaron huellas imborrables no solo en la infraestructura del pueblo, sino en la formación de mi generación y de tantas otras. Al final, la memoria es un acto de justicia y lealtad con quienes supieron guiarnos y moldear, directa o indirectamente, nuestro destino.

Jangas, agosto del 2026.

lunes, 27 de julio de 2026

DONDE NACE EL ORGULLO Y GRATITUD POR LA PAMPA Con identidad, orgullo y un poco de nostalgia.

 Por: Edver Roman PAREDES MILLA

Colección: Wayra Kutimuq

Al escuchar a Luis Acosta Guerrero, en su hermoso himno a nuestra tierra llamado Añoranza Pampina: “Por más lejos que me encuentre, nunca, nunca te olvidare". Olvidar el lugar en el que uno nació es tan antinatural como olvidar a la madre. Hay un lazo umbilical inobservable que nos vincula con esta geografía, tanto en la abundancia como en la escasez, tanto en el bullicio de la confrontación como en el calor de la amistad, tanto en el recuerdo vivo como en el olvido insensible, y tanto en la diversión de los días festivos como en el aislamiento de la soledad. Como una manera de agradecer a la madre tierra y a los recuerdos benditos de la infancia vivida en compañía, tenemos el deber moral de mantenernos siempre unidos, de volver siempre por el mismo camino que nos alejó de ella; y de suavizar desavenencias entre hermanos y entre                conciudadanos para trabajar juntos, codo a codo, por su progreso y desarrollo.

Sentir la primera aspiración de aire pampino al regresar a sus caminos y calles es un acto geológico que conmueve. El pecho se expande, el olor a tierra mojada evoca memorias antiguas y las piernas nos estimulan para que recorramos de nuevo cada rincón de nuestra patria. Así, resuenan los ecos de la niñez: las bromas en el agua salada, la tranquilidad monumental de Piedra Grande, el verdor de Pukapampa, la intimidad del escondido Uchpuran y la vastedad que se extiende desde la llanura de Chahuan. Rememoramos a Chejepampa y su encantadora represa; al manantial de Puquio, que hoy agoniza; a la generosa Chontayoc; a Huaca Rumi, Espinopampa y Peypey; así como a Matikancha, ese lugar ritual en el que se lava la ropa de los muertos. También reverberan en la sección de algarrobo, refugio del camino y parada obligatoria en el difícil ascenso desde Cuyuchin; Huayu y el constante murmullo del canal de Ñahuin; Huacacorral, Pispal, Cacahuerta, Shicullbamba, La Comunidad, Huampish, Percuran, Llipiaj, Trigopampa, Mirasanta, Llacusbamba, Ninabamba y Pacatqui. A pesar de que muchos de estos lugares recientes pertenecen a distritos vecinos, abarcaron y albergaron los años más efímeros y dichosos de nuestra existencia.

En la memoria perdura el eco de los diálogos que tuvimos con esos hombres y mujeres visionarios que sentaron las bases del avance del pueblo. Los recordamos cuando diseñaban a pulso los canales de riego, trazaban calles y abrían caminos; construían la venerada iglesia, las aulas de nuestra escuela emblemática y la red de agua potable que tanto deseábamos ver convertida en agua 100 % segura. Nos acordamos de la construcción del puesto de salud, el local municipal, los parques y jardines; el cultivo casero de huertos y campos; y el ruido sordo que provocan los gigantescos molinos de piedra que funcionan con energía hidráulica. En la parte alta, el olor azucarado del jugo de caña hervida indicaba la elaboración de chancaca, chicha de caña y cañazo; por su parte, los huertos ofrecían naranjas frescas y mantecosas paltas. Honramos a los que construyeron caminos que nos comunican con la costa y el Callejón de Huaylas, a los que llevaron luz desde la Central Hidroeléctrica del Cañón del Pato, a los que pusieron el alcantarillado y a los que levantaron con esfuerzo el estadio San Francisco de Asís y las áreas deportivas.

 

Es imposible no recordar la expedición japonesa, encabezada por Kazuo Terada. Sus trabajos en el yacimiento arqueológico de Buena Vista nos dejaron un estudio invaluable que está guardado en la Biblioteca Nacional del Perú. A pesar de que actualmente existen algunas traducciones en fotocopia, nos sigue faltando la tarea de repatriar las piezas arqueológicas que yacen en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, ubicado en Pueblo Libre, Lima. Es urgente promover el Museo de Sitio en el área destinada a tal efecto, que está situada estratégicamente antes de subir a la Piedra Grande, al lado del ángulo superior del recinto del estadio.

La canalización del canal de riego de Ñahuin y los esfuerzos realizados a tiempo para establecer la Subestación Eléctrica en Yesopampa, un hecho que proporcionó estabilidad al servicio energético del distrito, son algunas de las obras representativas que cambiaron nuestra vida. De igual manera, la construcción de la Central Hidroeléctrica del Manta fue posible debido a la intervención de nuestros líderes y autoridades ante el Ministerio de Energía y Minas, en un proceso que estuvo marcado por tensiones elevadas entre la compañía, los trabajadores locales y las agendas ambientales. La habilitación de la vía por Huampish y Huarochirí fue otro paso crucial. Se trazó en un principio como una opción temporal ante las averías geológicas en Tres Cruces, pero luego se convirtió en una arteria permanente. La pavimentación de las vías principales del núcleo urbano y la construcción del palacio municipal durante dos gestiones sucesivas son también parte de esto, lo que demuestra claramente que el desarrollo colaborativo es factible cuando prevalece el interés general.

Ningún logro o avance hubiese sido posible, sin la dedicación cotidiana de choferes, agricultores, obreros, costureras, panaderos, hojalateros, carpinteros, herreros, albañiles y pequeños empresarios que promovieron el transporte y el trabajo local nada de esto habría sido posible. Queremos expresar nuestro reconocimiento a las familias pampinas que han educado a sus hijos en la superación personal y el amor al trabajo, así como a los pampinos que están organizados en agrupaciones de residentes en Lima, Chimbote y otras regiones del mundo. Un reconocimiento merecido a nuestros intelectuales y profesionales, a los deportistas y atletas valientes, a los artistas, músicos y compositores que llenaron de sensibilidad y melodía nuestro sentir, y a aquellos empresarios y emprendedores que abrieron senderos de éxito más allá del ámbito local. En cada taller, foro, escenario o compañía en los que tuvieron éxito, llevaron con ellos el nombre de La Pampa, aludiendo a su lugar de origen con auténtico orgullo y dignificando nuestra tierra con su habilidad. Además, honramos la memoria de quienes, a pesar de no haber nacido en esta tierra, vinieron, se establecieron y dieron su vida por nuestra gente.

Finalmente, ser y estar agradecidos con cada una de las autoridades: agentes municipales, alcaldes, subprefectos, tenientes gobernadores, jueces de paz y regidores; así como a los líderes de las comisiones de regantes, APAFAS y comités de productores; y también a las juntas directivas de los clubes deportivos que influyeron en nuestra juventud. Agradezco a los directores y entidades educativas de La Pampa, Mirasanta y Llacusbamba; a los efectivos de la Policía Nacional (antes conocida como Guardia Civil); a los médicos, enfermeros, parteras, técnicos y personal sanitario; y sobre todo, a las familias generosas que cedieron sus terrenos para proporcionar un hogar a la institucionalidad pampina. En la memoria de su trabajo colectivo reside la fuerza insuperable de nuestra identidad.

Jangas, julio del 2026.

viernes, 24 de julio de 2026

ENTRE DOS TIERRAS. Semblanza poética de Edver Román Paredes Milla

Hay quienes nacen en un solo lugar.
Y hay otros, como yo, que nacemos en dos.

La Pampa me vio llegar al mundo, con su cielo limpio y su viento fresco.
Allí di mis primeros pasos, abracé la tierra con los pies descalzos
y aprendí a soñar mirando el horizonte desde las campiñas.
Fui niño entre sus huertos y joven entre cada surco.
Esa mi tierra fue la raíz, de mi lenguaje original,
aquel eco de mi madre al llamar en el atardecer.

Pero la vida —tan terca y sabia como el río—
me conectó con Huaraz, la otra tierra que no me parió,
pero me adoptó como su hijo.
Me dio caminos, familia, maestros, libros y amigos.
Me dio una profesión, un sueño, una causa,
y en esas mágicas alturas aprendí a ser maestro
con el corazón generoso, la mente abierta y una voz persuasiva.

Entre idas y venidas, retorné a La Pampa.
Y regresé acompañado: volví con conocimientos, saberes y herramientas,
con ganas de retribuir un poco de todo lo que recibí.
Fui maestro, fui alcalde, vecino, fui hijo del pueblo una vez más.
Pero el destino y el tiempo, esos viajeros incansables,
volvieron a tender sus hilos hacia Huaraz.
Y Huaraz me abrazó otra vez, cual hijo pródigo.

Ahora están aquí, mi familia, mi futuro, mi vejez.
mis responsabilidades, mis horas, mis días.
Aquí sigo escribiendo el presente, el futuro, aunque el corazón
siga viajando de vez en cuando hacia el pasado.

Porque cada vez que regreso a La Pampa,
me duele el corazón, se me iluminan los ojos y brilla la mente.
Pero también siento, en silencio, con el alma en la mano,
que ya no soy del todo de allí.
Que existen distancias que no se calculan en kilómetros,
sino en transformaciones, en raíces.

Y entonces, con el tiempo he logrado entender:
que no se trata de elegir una sola patria,
sino de abrazar a las dos.

Una me dio la vida, el afecto maternal, desarrolló mis sentidos.
La otra me dio el vuelo, la visión, la ciencia y la conciencia.
Y entre ambas, sigo caminando.


martes, 14 de julio de 2026

EDUARDO ZAVALETA Y LA PAMPA: LA RAÍZ QUE NO SE OLVIDA Memoria, origen y huella literaria en la formación de un extraordinario narrador ancashino

Por: Edver Paredes Milla

Colección: Wayra Kutimuq

Todo empezó cuando, en mi rutina de lector habitual, me encontraba revisando Pueblo Azul (1996), uno de los libros trascendentales de Carlos Eduardo Zavaleta, escrito en el contexto de sus vivencias en la provincia de Sihuas y en torno al aluvión que asoló esta importante ciudad de Áncash. En algún trayecto de la narrativa, donde refiere un viaje intempestivo de Sihuas a Caraz, al pasar por Yanac, menciona a La Pampa, mi tierra natal, y la describe con un pincel poético y artístico al escribir en uno de sus párrafos: «pasé por el paraíso de las frutas». Es allí donde percibo la señal exacta para iniciar una búsqueda constante de información sobre la vida de este gran escritor ancashino, bajo el entendido de que solo alguien que ha vivido en el territorio pampino, o que lo ha conocido de cerca, podría haber descrito de una manera tan formidable y casi poética a mi pequeño terruño, mi tierra bonita.

Conforme pasaron los años, de manera gradual y progresiva, continué mi exploración bibliográfica en soportes físicos, digitales y virtuales; incluido sus producciones literarias: El cínico (1948), Los Íngar (1955), Los Aprendices (1974), Retratos turbios (1982), Pálido pero sereno (1997), entre otros. Revisé diversas publicaciones y entrevistas realizadas a Carlos Eduardo Zavaleta, o que trataban sobre él, en las cuales le preguntaban de vez en cuando sobre su lugar de nacimiento. Ante esto, era frecuente su respuesta de que había nacido en la ciudad de Caraz el 7 de marzo de 1928; sin embargo, como para dejar algunas señales para hacer nuestra investigación y seguir inquietándonos en la incesante búsqueda de su origen, dejaba abierta la opción de haber nacido en otro lugar al reiterar siempre que Caraz era su tierra adoptiva.

 

Fue en ese camino que encontramos una cita de las palabras y expresiones propias de nuestro galardonado escritor en una publicación de Danilo Sánchez Lihón (citado por Alvarado, 2012): «Puesto que había nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Huaylas, cuyo nombre exacto desconocían en la escuela (¡y lo peor, en los pueblos adonde nos mudábamos!) escogí la capital, y desde entonces dije que había nacido en Caraz. Solo así recordaron el sitio. Tanto que hasta lo repiten los críticos».

En esa misma publicación, Sánchez Lihón agrega lo siguiente: «Él nació en 1928, se dice que, en Caraz, departamento de Áncash, pero lo cierto es que nació en La Pampa, cuando este lugar pertenecía a la extensa provincia de Huaylas, ahora en la jurisdicción de la provincia de Corongo. Su padre era telegrafista, funcionarios que en ese entonces eran trashumantes y errabundos, a quienes cada dos o tres años los trasladaban a uno y otro pueblo. Igual que Gabriel García Márquez» (citado por Alvarado, 2012).

En ese mismo sentido, Jorge Zavaleta Alegre (2020), corresponsal de Diario16 y El Mercurio Digital de España, escribe en el blog Papel de Árbol que Carlos Eduardo Zavaleta fue hijo de un dinámico telegrafista, a quien acompañó desde La Pampa, en la provincia de Corongo, y por otras poblaciones que recibían los servicios de correos y telecomunicaciones. Después, su vida transcurrió en Caraz (provincia de Huaylas, Áncash) y en otras localidades, circunstancias que le permitieron entender y explicar que el ser humano puede ser de muchos lugares o que «uno es de donde quiere ser» (Zavaleta Alegre, 2020).

De acuerdo con una publicación de Carlos Garay Veramendi (citado por Solórzano, 2013), se refiere que en la revista El Inca (N.° 294), publicada y dirigida por Rómulo Pajuelo Prieto, se incluye un artículo a la vez interesante y polémico titulado «Las cenizas del Dr. Carlos Eduardo Zavaleta». En el encabezado, el autor precisa con claridad que, cuando se intentó cuestionar el origen biológico del escritor —es decir, La Pampa, Corongo—, Carlos Eduardo Zavaleta respondió categóricamente: «El hombre es del lugar donde quiere ser, y yo soy de Caraz» (citado por Solórzano, 2013).

En una entrevista concedida a Alejandro MAUTINO GUILLÉN, publicada en el portal Vallejo & Co. el 30 de junio de 2014, ante la pregunta «¿Usted elige los temas o estos terminan eligiéndolo a usted?», Carlos Eduardo Zavaleta respondió: «Yo siendo serrano y llegando a Lima por primera vez, me sorprendió por lo distinta que era la vida con relación a la sierra. Y por esa razón, y de modo consciente, escribí una novela sobre Lima. Pero luego, en el intervalo de eso y lo que vino después del año 1947 y 1948 se produjo en mí lo natural. Las cosas salieron poco a poco, merced a mis lecturas de distintos autores desde Dostoievski hasta los existencialistas franceses. Entonces, poco a poco, salieron mis recuerdos de mi vida en Corongo, en La pampa, Sihuas, Pomabamba, etc. De tal manera que todo vino a mí, incluso mi vida en Tarma; donde pasé tres años en el colegio. De modo que, absolutamente todo me vino de forma natural y así salió» (Mautino Guillén, 2014).

En ese mismo diálogo con Mautino Guillén (2014), resulta sumamente revelador cómo el autor define su propia raíz: «¿De dónde provengo? de la sierra, de un pueblo pequeño [...] la sede [sic] huérfana, la sede hermosa, pequeña, diminuta [...]. Entonces era un camino que va desde lo más pequeño a lo más amplio».

Aunque eluda nombrar su partida de nacimiento de forma explícita, esta declaración constituye la reivindicación definitiva de La Pampa. Esa «sede diminuta y huérfana» no corresponde al prestigio de una vitrina más grande como Caraz, sino a la periférica y entrañable estación pampina. Es exactamente allí, en lo más «pequeño» de ese paraíso frutal, donde late el verdadero kilómetro cero de su sensibilidad: el origen auténtico desde donde proyectó su inmensa modernidad literaria hacia lo universal (Mautino Guillén, 2014).

Reivindicar este origen no implica desmerecer a la bella ciudad de Caraz, la cual fungió como su naturaleza adoptiva, su hogar espiritual y la plataforma de sus mayores relaciones y reconocimientos. Al contrario, se trata de completar la ruta y el mapa de una identidad diversa que se nutre tanto de la voluntad como de la raíz profunda, de la génesis y del pueblo donde nació. La geografía afectiva de Zavaleta en el «Paraíso de las frutas» es la base sobre la cual se edificó su «geografía del deseo», lo que le permitió transitar entre lo rural y lo urbano con una solvencia que rompió los esquemas del indigenismo tradicional para abrazar un mestizaje cultural armónico y universal.

En conclusión, mi propósito es reivindicar el reconocimiento de La Pampa como el lugar natal de Zavaleta, pues considero, sin temor a equivocarme, que constituye un acto de justicia histórica que resalta la importancia y el valor de los espacios periféricos en la gestación y el desarrollo del talento literario de un escritor. Cuando Eduardo sentencia y declara con firmeza que «uno es de donde quiere ser», nuestro escritor ejerce su derecho a una identidad electiva; sin embargo, sus obras y sus testimonios siempre estarán nutridos del aroma y de los colores de los paisajes y de la gente de La Pampa, tal como se puede leer en varios pasajes de su libro Los aprendices, detalles de su trayectoria que lo devolverán siempre a la estación inicial de su viaje.

 

REFERENCIAS

·       Alvarado, N. (7 de marzo de 2012). 7 de marzo: Nace Carlos Eduardo Zavaleta. Chiquián y sus amigos. https://naloalvaradochiquian.blogspot.com/2012/03/7-de-marzo-nace-carlos-eduardo-zavaleta.html

·       Mautino Guillén, A. (30 de junio de 2014). La rutina del fuego. Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta. Vallejo & Co. https://www.vallejoandcompany.com/2014/06/30/la-rutina-del-fuego-entrevista-a-carlos-eduardo-zavaleta/

·       Solórzano, J. (28 de enero de 2013). ¿Caracino Carlos Eduardo Zavaleta? Caraz Dulzura. https://juliosolorzano.blogspot.com/2013/01/caracino-carlos-eduardo-zavaleta.html

·       Zavaleta Alegre, J. (31 de enero de 2020). La tierra donde se vive y Carlos E. Zavaleta Rivera. Papel de Árbol. https://papeldearbol-papeldearbol.blogspot.com/2020/01/la-tierra-donde-se-vive-y-carlos-e.html

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