Por: Edver Roman PAREDES MILLA
Colección: WaYyra
Kutimuq
El Parque San
Francisco de Asís es mucho más que un diseño urbano: es el gran centro de
nuestra memoria colectiva y testigo fiel de aquellos años maravillosos de
nuestra vida pasada en La Pampa. Tiempos aquellos en que todavía lo denominábamos
Plaza de Armas — mucho antes de que se construyera la Plaza Mayor frente al
actual local municipal—, aquel espacio libre y de pura tierra, era el escenario
preferido de nuestras travesuras infantiles. Mientras nuestros padres asistían con
devoción al interior del templo, nosotros nos adueñábamos del llano: corríamos
sin freno tras una pelota de cuero o de jebe, jugábamos «manito», «mata gente»,
«mundo», “las escondidas”, “kiwi”, entre otros juegos ancestrales.
Hablar de la
imponente iglesia matriz y de sus históricas gradas amerita una crónica aparte;
hoy nos convoca la memoria de esta plaza cuyo uso mutaba en función a las fechas
del calendario. Cada mes de octubre, con motivo de la fiesta patronal de San
Francisco, San Miguel Arcángel y Señor de los Milagros, el espacio se convertía
en pista predilecta para las carreras de caballos, también llamadas carreras de
cintas. Incluso, en ocasiones memorables, se cerraban los cuatro accesos —tanto
por el jirón Lima como por la calle Luis Acosta Guerrero— para transformarlo en
un improvisado ruedo taurino. Al llegar febrero y marzo, el polvo daba paso a
la algarabía de los carnavales, albergando las noches de rompimiento en la víspera,
con la presencia obligatoria de los bailarines. Allí mismo, durante la
Festividad Patronal, en el centro de la explanada y ante el asombro de todas
las generaciones de lugareños y visitantes, los castillos pirotécnicos ardían
con su estallido de luces, con olor a pólvora y silbidos festivos, propios de
los fuegos artificiales.
El gran
cambio comenzó con la llegada al sillón municipal de don Alberto Manrique
Olivera, recordado con afecto y respeto por todo el pueblo como «Beto»
Manrique. Hombre de empresa y vecino audaz, don Beto asumió la conducción
edilicia en una etapa crucial para el país: el restablecimiento del proceso
democrático municipal impulsado por el presidente Fernando Belaúnde Terry,
quien convocó a las primeras elecciones locales en todo el territorio nacional.
Junto a su
equipo de regidores —Andrés Manrique Olivera, Alberto Villalva Sotomayor,
Benedicto Bonifaz y Augusto Vergara—, el señor alcalde emprendió la titánica
tarea de transformar aquel pampón en el moderno parque. Eran tiempos difíciles,
en los que los municipios carecían de partidas presupuestales para proyectos de
embellecimiento urbano, pero sobraban identidad local, creatividad y una sólida
vocación de servicio. Fuimos testigos directos de cómo el alcalde puso a
disposición su propio camión particular para trasladar tierra fértil de cultivo
hasta el parque. Asimismo, gestionó activamente el apoyo de material de
construcción a la entidad gubernamental Cooperación Popular, entidad liderada
en ese entonces por el recordado Rolando Malarín, un vecino sihuanino allegado
y muy identificado con el pueblo pampino.
Para adornar los jardines se trajeron plantones de hermosas rosas desde el Callejón de Huaylas, dándole al parque un colorido paisajístico sin precedentes. A esta labor de gran valor comunitario se sumó la participación generosa y desinteresada de don Simón Huamaní, ciudadano muy querido en el pueblo, que había llegado desde Huallanca, ex trabajador de Electroperú, que echó raíces en La Pampa, donde formó su familia. Junto a su gran gesto, puso a disposición su moderna maquinaria y gracias a su gran maestría en la soldadura metálica, don Simón construyó las estructuras metálicas y contribuyó con la instalación de una potente red de iluminación con fluorescentes.
El resultado
fue un extraordinario orgullo comunitario: dos elegantes glorietas, con sus
respectivos cuadriláteros cubiertos de simbólica y colorida vegetación, bien
distribuidas bancas de madera para el sosiego de la tarde y luminarias que le
daban vida a las noches pampinas. Para la niñez y adolescencia de aquellos
años, contar con un espacio totalmente iluminado y seguro, representó una
alegría inolvidable.
Con el transcurrir
de los años, las gestiones municipales subsiguientes continuaron aportando,
incorporando mejoras y realizando labores de mantenimiento para que nuestro
parque conserve su brillo y mejore su presentación. Hoy, muchas de las nuevas
generaciones disfrutan de sus bancas, aprecian sus jardines y descansan bajo la
sombra de coposos árboles de meijo, sin conocer la historia de las decisiones
municipales y el desprendimiento de ciudadanos que no dudaron en dar su granito
de arena para levantar esta gran obra, para el servicio de todas las
generaciones venideras.
Nuestro
Parque San Francisco de Asís puede competir con mucha seguridad en extensión y
belleza con los espacios públicos similares del ámbito provincial; es hoy un
lugar de descanso, escenario de encuentro festivo, religioso, cívico y
cultural; ya es el emblema de una sociedad pampina que supo forjar la unidad, por encima de las
discrepancias, con la mirada fija en el futuro, conscientes que muchas de las
acciones de hoy, son valoradas en otros tiempos e inclusos por los visitantes
que llegan a nuestra tierra a pasar días de descanso o por los viajeros que
transitan de manera fugaz, pero dejan y difunden expresiones favorables a la
belleza de nuestra tierra.
Queda para
nosotros el enorme desafío de custodiar este extraordinario legado y asumir el
compromiso de hacerlo cada día más bello. Respecto a las autoridades, este
compromiso exige gestiones y acciones concretas, transparencia en el manejo de
los recursos municipales y una clara visión territorial y de futuro que asegure
su mejoramiento permanente. Por parte de la ciudadanía, se exige un sentido
cívico inquebrantable, asumiendo con seriedad su cuidado integral con vigilancia
vecinal constante y comprometida. Proteger, embellecer y valorar nuestro parque
es el más justo y noble homenaje que las generaciones presentes y futuras
podemos rendir a aquellos pioneros visionarios, quienes, en tiempos de escasez
de recursos financieros, pero con inmensa fe y trabajo colaborativo, levantaron
La Pampa piedra sobre piedra y sembraron bienestar y esperanza, en ocasiones con
sus propias manos sin retribución económica.
Huaraz, 28 de agosto del 2026.
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