“De todas las victorias humanas les toca a los
maestros, en gran parte, el mérito. De todas las derrotas les toca en cambio,
en gran parte, la responsabilidad”.
J.C.
Mariátegui.
Yo no tuve la valentía que tuvieron y tienen muchos
maestros de jugarse la vida por ser docentes de aula desde el inicio hasta el
fin de su carrera magisterial. Esa es la razón por la cual siempre he tenido
las mejores consideraciones por mis colegas maestros, tanto de la zona urbana
como de las zonas rurales; por ese despliegue de capacidades y esa fuerza de
voluntad para dedicar gran parte de su tiempo a los niños, niñas y adolescentes
de nuestra patria, aun a riesgo de descuidar el cuidado de los suyos.
De mi parte, siempre ha sido mi mayor frustración no
haber podido brindarles ese reconocimiento concreto a los maestros, más allá de
mi aporte como capacitador o facilitador de talleres en innumerables eventos y
actividades académicas. Nunca pude romper esas trabas administrativas que
dificultan otorgarles un merecido reconocimiento a las maestras y maestros
innovadores, y que este sea pertinente y oportuno.
Tal vez el poco valor que el Estado y la sociedad en
general brindan a nuestros Maestros de Escuela se deba a que les pedimos tanto,
pero les ofrecemos tan poco. Es allí cuando creemos que, hagan lo que hagan,
nunca es suficiente. Esperamos demasiado de este profesional del sistema
educativo, que por más cariño y afecto que tenga por nuestros estudiantes, no
tiene una lámpara mágica ni es Aladino para resolver, con una sola frotación,
los problemas que rodean el contexto social y familiar de los escolares.
Está claro que el profesor no puede ponerse sobre los
hombros los pendientes que existen en la sociedad y en la familia respecto a la
vida de un escolar. No puede suplir necesidades aún insatisfechas de los seres
humanos en edad escolar: una buena alimentación, el buen trato y afecto como
corresponde, útiles escolares que faciliten el aprendizaje, agua segura en su
vivienda, un buen estado de salud, energía eléctrica, conectividad, movilidad
para llegar a su escuela… necesidades que afectan tanto a escuelas rurales como
urbanas.
Y frente a las dificultades de convivencia y
relacionamiento en las escuelas —un tema de enorme complejidad que hasta ahora
no ha encontrado eco real en las autoridades— terminamos esperando de un
maestro más psicólogo que pedagogo. A veces incluso queremos un docente
terapeuta, enfermero, y en los casos de conflictos interpersonales, abogado o
conciliador. Asumir el rol de papá o mamá cuando faltan útiles escolares y el
propio maestro debe proporcionarlos; o, ante situaciones de acoso escolar,
hacerla de consejero emocional.
En resumen, queremos que el maestro sea un superhéroe.
Y, aunque en algunos casos lo es, no debería serlo. Porque hacer cosas que no
le corresponden como rol, función o competencia solo demuestra la necesidad de
apoyarlo con condiciones básicas mínimas para que él o ella se dedique a lo que
verdaderamente sabe y debe hacer: generar buenos aprendizajes y que estos
sean de calidad.
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