Por: Edver Román PAREDES MILLA
Colección: Wayra
Kutimuq
Volver a ti no es solo volver a un lugar en el
mapa, es reencontrarnos con el niño que aún me contempla desde una de las
ventanas de la casa vieja o vieja casa. Es entender que no se parte del todo
cuando uno se marcha; porque al nacer de una madre y de un pueblo, ningún viaje
es tan largo ni los caminos tan complicados como para no regresar, cuanto más
lejos estamos es más fuerte el llamado. Siempre es un gusto volver a ver a nuestra
madre y nuestra tierra madre, para rebuscar en cada rincón de la memoria
momentos especiales de nuestra infancia, por los caminos enredados entre sus huertos
y campiñas, las huellas que quedaron y se borraron cubiertos de polvo, que si
bien no se conservaron en la zuela de los zapatos nunca salieron de nuestro corazón.
Aunque
las calles ya no son las mismas, han sido cubiertas por gruesos capas de
concreto, que si bien es más inclusivo para la accesibilidad y transitabilidad,
pero también es un progresivo deterioro de lo natural; los canales de riego que
cruzan la ciudad, que antes eran acequias esculpidas por la fuerza del agua a
su estilo y capricho siguiendo las pendientes y las leyes de la gravedad,
acogiendo los nuevos vientos de modernidad, han sido encajonadas con canales de
concreto y con tubos de plástico, ya no los vemos recorrer con algarabía y
transparencia, menos cantarle al viento porque está como ave enjaulada.
Nuestras canchas deportivas y calles
improvisadas para jugar el futbol o el vóley han sido silenciados por la tecnología,
atracción de las nuevas generaciones. Los juegos grupales de las escondidas,
manito, kiwi, salta soga, matagente, entre otros juegos, van quedando en el
recuerdo. Han disminuido las visitas a
las santuarios de identidad, que contienen nuestra huellas infantiles: la
piedra grande, el reloj solar, el agua salada, nuestra atractiva laguna turquesa, los restos
arqueológicos de tornopampa, el paraje de llipiaj, el molino de piedra de huayu,
el puente de de maticancha, la poza tibia de goño goño al margen del rio
Cuyuchin.
Las paredes de adobe como viejas memorias
ya están desapareciendo y los tejados rojizos se han perdido entre la
modernidad sin fondo ni forma de las calaminas, eternit o aluzinc. Las
viviendas con patio en el medio, donde podían ingresar las acémilas para la
descarga de frutas o productos de panllevar, han sido reducidas a viviendas estrechas.
De aquellos cómodos y cálidos poyos de
adoben y barro, donde el cansancio se sentaba y las conversaciones se hacían
amenas entre padres y abuelos, solo quedan las frías veredas que no conoce de nuestros
sentimientos ni del compañerismo fraternal. Sin embargo, la risa de la infancia
sigue allí, en algún rincón de la atmósfera, aferrada al paisaje diurno y
nocturno, entre la tierra y el cielo, como si el tiempo, por un instante, se
detuviera para devolvernos imágenes de los que fue nuestra fugaz infancia.
Ya no están las pencas de los magueyes
donde se escribieron muchas frases de amor, si bien han desaparecido incluso
los mensajes consignados los borré el tiempo, también sabemos que muchos de esos amores han
prosperado o tal vez algunos han fracasado. El agua que desde antaño se
descuelga desde las alturas de coyllurcocha através del manantial de Ñahuin, sigue
fluyendo incesante, como antes y desde siempre, aún sigue alimentando a
hombres, plantas y animales. Nuestros árboles del pueblo también han
envejecido: muchos cayeron como hombres que dieron todo en la jornada, pero hay
troncos tozudos que aún sostienen el cielo, centinelas verdes de una memoria
nunca clausurada.
Siempre estaré de vuelta. Quizá ya no
regreso con la ropa empolvada después de cada juego, con la rodilla herida ni
la canica en la mano, o sin el trompo danzarín, las campanillas de navidad o
las matracas de semana santa; pero vuelvo con historias grabadas en la frente,
con heridas abiertas y cerradas, con mucha dignidad y con la gratitud de haber
nacido en este pequeño valle. Aquí todavía estoy contigo y para ti amada
tierra, cuando me vaya una parte de ti se ira conmigo y una parte de mi se
quedará contigo.
Ya vendrán otras generaciones, quienes
le cantarán y escribirán a nuestra tierra cuando nosotros ya no estemos,
cuando sean otros los vientos que soplen a las plantas, a los animales y al
polvo desprendido de la tierra. Otros caminarán con el pecho henchido de
orgullo por sus calles, campiñas y caminos, orgullosos de su identidad, así como
lo sentimos ahora nosotros. Porque hasta que llegue el día de nuestra ausencia
infinita, en cada viaje por muchos lugares y en el tiempo, siempre será un
gusto regresar y vivir agradecido y orgulloso de haber nacido en este hermoso
valle, mi pequeña tierra bonita.