miércoles, 26 de agosto de 2026

SIEMPRE DE REGRESO Madre tierra aquí estoy para ti, como el viento que vuelve siempre para estar contigo, pero sé que algún día no estaré.

 Por: Edver Román PAREDES MILLA

Colección: Wayra Kutimuq

Volver a ti no es solo volver a un lugar en el mapa, es reencontrarnos con el niño que aún me contempla desde una de las ventanas de la casa vieja o vieja casa. Es entender que no se parte del todo cuando uno se marcha; porque al nacer de una madre y de un pueblo, ningún viaje es tan largo ni los caminos tan complicados como para no regresar, cuanto más lejos estamos es más fuerte el llamado. Siempre es un gusto volver a ver a nuestra madre y nuestra tierra madre, para rebuscar en cada rincón de la memoria momentos especiales de nuestra infancia, por los caminos enredados entre sus huertos y campiñas, las huellas que quedaron y se borraron cubiertos de polvo, que si bien no se conservaron en la zuela de los zapatos nunca salieron de nuestro corazón.

 Aunque las calles ya no son las mismas, han sido cubiertas por gruesos capas de concreto, que si bien es más inclusivo para la accesibilidad y transitabilidad, pero también es un progresivo deterioro de lo natural; los canales de riego que cruzan la ciudad, que antes eran acequias esculpidas por la fuerza del agua a su estilo y capricho siguiendo las pendientes y las leyes de la gravedad, acogiendo los nuevos vientos de modernidad, han sido encajonadas con canales de concreto y con tubos de plástico, ya no los vemos recorrer con algarabía y transparencia, menos cantarle al viento porque está como ave enjaulada.

Nuestras canchas deportivas y calles improvisadas para jugar el futbol o el vóley han sido silenciados por la tecnología, atracción de las nuevas generaciones. Los juegos grupales de las escondidas, manito, kiwi, salta soga, matagente, entre otros juegos, van quedando en el recuerdo.  Han disminuido las visitas a las santuarios de identidad, que contienen nuestra huellas infantiles: la piedra grande, el reloj solar, el agua salada, nuestra atractiva laguna turquesa, los restos arqueológicos de tornopampa, el paraje de llipiaj, el molino de piedra de huayu, el puente de de maticancha, la poza tibia de goño goño al margen del rio Cuyuchin.

Las paredes de adobe como viejas memorias ya están desapareciendo y los tejados rojizos se han perdido entre la modernidad sin fondo ni forma de las calaminas, eternit o aluzinc. Las viviendas con patio en el medio, donde podían ingresar las acémilas para la descarga de frutas o productos de panllevar, han sido reducidas a viviendas estrechas.  De aquellos cómodos y cálidos poyos de adoben y barro, donde el cansancio se sentaba y las conversaciones se hacían amenas entre padres y abuelos, solo quedan las frías veredas que no conoce de nuestros sentimientos ni del compañerismo fraternal. Sin embargo, la risa de la infancia sigue allí, en algún rincón de la atmósfera, aferrada al paisaje diurno y nocturno, entre la tierra y el cielo, como si el tiempo, por un instante, se detuviera para devolvernos imágenes de los que fue nuestra fugaz infancia.

Ya no están las pencas de los magueyes donde se escribieron muchas frases de amor, si bien han desaparecido incluso los mensajes consignados los borré el tiempo, también sabemos que muchos de esos amores han prosperado o tal vez algunos han fracasado. El agua que desde antaño se descuelga desde las alturas de coyllurcocha através del manantial de Ñahuin, sigue fluyendo incesante, como antes y desde siempre, aún sigue alimentando a hombres, plantas y animales. Nuestros árboles del pueblo también han envejecido: muchos cayeron como hombres que dieron todo en la jornada, pero hay troncos tozudos que aún sostienen el cielo, centinelas verdes de una memoria nunca clausurada.

Siempre estaré de vuelta. Quizá ya no regreso con la ropa empolvada después de cada juego, con la rodilla herida ni la canica en la mano, o sin el trompo danzarín, las campanillas de navidad o las matracas de semana santa; pero vuelvo con historias grabadas en la frente, con heridas abiertas y cerradas, con mucha dignidad y con la gratitud de haber nacido en este pequeño valle. Aquí todavía estoy contigo y para ti amada tierra, cuando me vaya una parte de ti se ira conmigo y una parte de mi se quedará contigo.

Ya vendrán otras generaciones, quienes le cantarán y escribirán a nuestra tierra cuando nosotros ya no estemos, cuando sean otros los vientos que soplen a las plantas, a los animales y al polvo desprendido de la tierra. Otros caminarán con el pecho henchido de orgullo por sus calles, campiñas y caminos, orgullosos de su identidad, así como lo sentimos ahora nosotros. Porque hasta que llegue el día de nuestra ausencia infinita, en cada viaje por muchos lugares y en el tiempo, siempre será un gusto regresar y vivir agradecido y orgulloso de haber nacido en este hermoso valle, mi pequeña tierra bonita.

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