Por Edver Roman PAREDES MILLA. Colección : Personajes ilustres de mi tierra.
A nuestro recordado Bacilio
Chia Caldas lo conocí desde los días hermosos de la infancia, cuando mis padres
me enviaban a hacer compras en las pequeñas bodegas del pueblo. Entre
aquellos mostradores y andamios de madera, el suyo destacaba no solo por lo surtido de la mercancía que ofrecía, sino por la presencia viva de un ciudadano
ejemplar. Fue en ese trajín cotidiano donde tuve la suerte de tenerlo cerca y
donde aprendí a conocer, de manera constante, la calidez de su carisma.
Más allá de mi aprecio
personal, el tio Bashi, tal como lo llamabamos casi todos, gozaba del respeto unánime de La Pampa; mis padres y mas familiares se contaban entre sus cercanos círculos de amistad, considerando además la familiaridad que nos unía considerando el árbol genealogico de mi madre. Más
allá de algunos roces en los momentos intensos de las competencias deportivas y políticas, conservabamos una relación de respeto y consideración a su liderazgo. Es verdad que, como
todo ser humano, habrá tenido sombras o desaciertos, pero cuando una vida
trasciende con tal fuerza, la luz de sus virtudes termina eclipsando cualquier
tropiezo del camino.
Y son justamente esas
virtudes las que merecen pervivir en el recuerdo. Bacilio Chia Caldas fue dos veces
alcalde de La Pampa y subprefecto de la provincia de Corongo, entre otros
encargos públicos. Acciopopulista de convicción y de corazón, su nombre era
referenciado en el ámbito partidario a nivel provincial, regional y nacional.
Jamás mudó de camiseta: desde que tengo memoria hasta el día en que partió al
encuentro del Señor, la lampa de Fernando Belaúnde fue su único e innegociable
símbolo político.
Aquellos eran
tiempos de líderes extraordinarios y perfiles temperamentales. En medio de esa
diversidad, Bacilio Chia destacó por una virtud escasa: la capacidad de conducir
grupos a través del consenso, el diálogo y la búsqueda incondicional de la paz.
Esa firme vocación conciliadora hizo que sus adversarios pretendieran
calificarlo, erróneamente, de timorato. Sin embargo, quienes comprendemos la
complejidad de las relaciones humanas sabemos bien que la templanza no es
cobardía. Había en La Pampa liderazgos de todo tipo, desde los más beligerantes
—cuya vehemencia también ayudó a empujar metas colectivas— hasta hombres como nuestro alcalde Bacilio Chia Caldas, cuya prioridad fue siempre la concertación.
Fue bajo el
sello de sus gestiones cuando La Pampa logró el hito histórico de contar con
fluido eléctrico, adelantándose a todos los demás pueblos de la provincia de
Corongo. A su empuje se deben también la hazaña técnica del túnel de Mirasanta, la gran acogida a la expedición arqueológica japonesa que exploró el sitio de
Buena Vista, la construcción del Mercado Municipal, la Casa de la Cultura y la importante Losa Deportiva que hoy lleva su nombre. Las fuentes orales y la memoria viva del pueblo nos revelan además
a un hombre multifacético: al margen de la política, fue un deportista
entusiasta, un apasionado de la música y, sobre todo, un comerciante a tiempo
completo, faceta en la que el pueblo más lo trató y estimó.
Dirigente
entrañable e hincha abnegado del Club Deportivo Alpamayo, Bacilio Chia era el
alma de la camiseta roja y blanca. Recuerdo con nitidez cómo los muchachos,
tras conseguir un triunfo en la cancha, no iban a celebrar a ningún otro lado
sin pasar primero por su bodega para dedicarle la victoria y festejar a su
lado.
Su dinámica
política tenía también un matiz fascinante. Para ganar una elección, el candidato Bacilio Chia no necesitaba recorrer las calles haciendo propaganda desmedida; su
bodega era su auténtico búnker electoral. La gente llegaba atraída por su buen
trato, su conversación afable y pausada, y esa atmósfera de fraternidad de la
que siempre estaba rodeado. Contaba con partidarios leales e incondicionales
que hacían campaña por él con convicción absoluta, en un estilo de liderazgo
tan genuino como propio.
Uno de los
capítulos más emblemáticos en la historia de La Pampa fue la recuperación de
los terrenos comunales, una gesta asumida bajo la firme presión del pueblo pero
canalizada y liderada por la figura de él. Por aquella acción debió
afrontar un prolongado y desgastante juicio, del cual, gracias a la
intervención de autoridades justas, él y su grupo resultaron finalmente
absueltos. Ciertamente, en cada una de sus obras como ciudadano y en cada hito
de su gestión nunca estuvo solo; contó siempre con el respaldo de destacados
líderes pampinos, incluidos los residentes en Lima —de cuyo puño y letra conservo valiosas cartas de gestión que me las heredo el Señor Marcial Acosta Izaguirre—. Pese a la labor compartida, su figura
como líder local siempre brilló con luz propia, permitiéndole trascender en el
tiempo.
En la década de
los noventa, tras concluir mis estudios de Pedagogía, regresé a La Pampa para
ejercer la docencia. Fue entonces cuando tuve el privilegio de tratarlo aún más
de cerca. Bajo su tutoría y mentoría política, integré la lista de Acción
Popular como primer regidor para el periodo 1990-1993, acompañando a don Andrés
Manrique Olivera como candidato a la alcaldía. Aunque en aquella contienda ocupamos
el segundo lugar, los años posteriores trajeron episodios difíciles y de
inestabilidad para la gestión municipal. Ante el desgobierno, volvimos a juntar
esfuerzos y, al lado de distinguidos pampinos, participamos activamente en el
proceso de restauración de la gobernabilidad democrática de nuestro distrito.
El tiempo
avanza de manera inexorable, pero la imagen del gran Bacilio Chia Caldas, como
hijo predilecto de La Pampa, permanecerá inmune al olvido en el corazón de
pampinos y coronguinos. Perennizar su trayectoria no es solo un deber
histórico, sino un acto de gratitud personal: me reconozco su discípulo, al
igual que de aquellos notables vecinos que, antes de partir a la eternidad,
dejaron huellas imborrables no solo en la infraestructura del pueblo, sino en
la formación de mi generación y de tantas otras. Al final, la memoria es un
acto de justicia y lealtad con quienes supieron guiarnos y moldear, directa o
indirectamente, nuestro destino.
Jangas, agosto del
2026.
