Por: Edver Paredes
Milla
Colección: Wayra Kutimuq
Todo empezó cuando, en
mi rutina de lector habitual, me encontraba revisando Pueblo Azul (1996), uno de los libros trascendentales
de Carlos Eduardo Zavaleta, escrito en el contexto de sus vivencias en la
provincia de Sihuas y en torno al aluvión que asoló esta importante ciudad de
Áncash. En algún trayecto de la narrativa, donde refiere un viaje intempestivo
de Sihuas a Caraz, al pasar por Yanac, menciona a La Pampa, mi tierra natal, y
la describe con un pincel poético y artístico al escribir en uno de sus
párrafos: «pasé por el paraíso de las frutas». Es allí donde
percibo la señal exacta para iniciar una búsqueda constante de información
sobre la vida de este gran escritor ancashino, bajo el entendido de que solo
alguien que ha vivido en el territorio pampino, o que lo ha conocido de cerca,
podría haber descrito de una manera tan formidable y casi poética a mi pequeño
terruño, mi tierra bonita.
Conforme pasaron los años, de manera gradual y progresiva, continué
mi exploración bibliográfica en soportes físicos, digitales y virtuales; incluido
sus producciones literarias: El cínico (1948), Los
Íngar (1955), Los Aprendices (1974), Retratos turbios (1982), Pálido
pero sereno (1997), entre otros. Revisé
diversas publicaciones y entrevistas realizadas a Carlos Eduardo Zavaleta, o
que trataban sobre él, en las cuales le preguntaban de vez en cuando sobre su
lugar de nacimiento. Ante esto, era frecuente su respuesta de que había nacido
en la ciudad de Caraz el 7 de marzo de 1928; sin embargo, como para dejar
algunas señales para hacer nuestra investigación y seguir inquietándonos en la
incesante búsqueda de su origen, dejaba abierta la opción de haber nacido en
otro lugar al reiterar siempre que Caraz era su tierra adoptiva.
Fue en ese camino que encontramos una cita de
las palabras y expresiones propias de nuestro galardonado escritor en una
publicación de Danilo Sánchez Lihón (citado por Alvarado, 2012): «Puesto
que había nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Huaylas, cuyo nombre
exacto desconocían en la escuela (¡y lo peor, en los pueblos adonde nos
mudábamos!) escogí la capital, y desde entonces dije que había nacido en Caraz.
Solo así recordaron el sitio. Tanto que hasta lo repiten los críticos».
En esa misma
publicación, Sánchez Lihón agrega lo siguiente: «Él nació en 1928, se
dice que, en Caraz, departamento de Áncash, pero lo cierto es que nació en La
Pampa, cuando este lugar pertenecía a la extensa provincia de Huaylas, ahora en
la jurisdicción de la provincia de Corongo. Su padre era telegrafista,
funcionarios que en ese entonces eran trashumantes y errabundos, a quienes cada
dos o tres años los trasladaban a uno y otro pueblo. Igual que Gabriel García
Márquez» (citado por Alvarado, 2012).
En ese mismo sentido,
Jorge Zavaleta Alegre (2020), corresponsal de Diario16 y El Mercurio Digital de España, escribe en el blog Papel de Árbol que Carlos
Eduardo Zavaleta fue hijo de un dinámico telegrafista, a quien acompañó desde
La Pampa, en la provincia de Corongo, y por otras poblaciones que recibían los
servicios de correos y telecomunicaciones. Después, su vida transcurrió en
Caraz (provincia de Huaylas, Áncash) y en otras localidades, circunstancias que
le permitieron entender y explicar que el ser humano puede ser de muchos
lugares o que «uno es de donde quiere ser» (Zavaleta
Alegre, 2020).
De acuerdo con una
publicación de Carlos Garay Veramendi (citado por Solórzano, 2013), se refiere
que en la revista El Inca
(N.° 294), publicada y dirigida por Rómulo Pajuelo Prieto, se incluye un
artículo a la vez interesante y polémico titulado «Las cenizas del Dr. Carlos
Eduardo Zavaleta». En el encabezado, el autor precisa con claridad que, cuando
se intentó cuestionar el origen biológico del escritor —es decir, La Pampa,
Corongo—, Carlos Eduardo Zavaleta respondió categóricamente: «El hombre es del
lugar donde quiere ser, y yo soy de Caraz» (citado por Solórzano, 2013).
En una entrevista
concedida a Alejandro MAUTINO GUILLÉN, publicada en el portal Vallejo & Co. el 30 de junio
de 2014, ante la pregunta «¿Usted elige los temas o estos terminan eligiéndolo a
usted?», Carlos Eduardo Zavaleta respondió: «Yo siendo serrano y llegando
a Lima por primera vez, me sorprendió por lo distinta que era la vida con
relación a la sierra. Y por esa razón, y de modo consciente, escribí una novela
sobre Lima. Pero luego, en el intervalo de eso y lo que vino después del año
1947 y 1948 se produjo en mí lo natural. Las cosas salieron poco a poco, merced
a mis lecturas de distintos autores desde Dostoievski hasta los
existencialistas franceses. Entonces, poco a poco, salieron mis recuerdos de mi
vida en Corongo, en La pampa, Sihuas, Pomabamba, etc. De tal manera que todo
vino a mí, incluso mi vida en Tarma; donde pasé tres años en el colegio. De
modo que, absolutamente todo me vino de forma natural y así salió»
(Mautino Guillén, 2014).
En ese mismo diálogo
con Mautino Guillén (2014), resulta sumamente revelador cómo el autor define su
propia raíz: «¿De dónde provengo? de la sierra, de un pueblo pequeño
[...] la sede [sic] huérfana, la sede hermosa, pequeña, diminuta [...]. Entonces
era un camino que va desde lo más pequeño a lo más amplio».
Aunque eluda nombrar su
partida de nacimiento de forma explícita, esta declaración constituye la
reivindicación definitiva de La Pampa. Esa «sede diminuta y huérfana» no
corresponde al prestigio de una vitrina más grande como Caraz, sino a la
periférica y entrañable estación pampina. Es exactamente allí, en lo más
«pequeño» de ese paraíso frutal, donde late el verdadero kilómetro cero de su
sensibilidad: el origen auténtico desde donde proyectó su inmensa modernidad
literaria hacia lo universal (Mautino Guillén, 2014).
Reivindicar este origen
no implica desmerecer a la bella ciudad de Caraz, la cual fungió como su
naturaleza adoptiva, su hogar espiritual y la plataforma de sus mayores
relaciones y reconocimientos. Al contrario, se trata de completar la ruta y el
mapa de una identidad diversa que se nutre tanto de la voluntad como de la raíz
profunda, de la génesis y del pueblo donde nació. La geografía afectiva de
Zavaleta en el «Paraíso de las frutas» es la base sobre la cual
se edificó su «geografía del deseo», lo que le permitió transitar entre lo
rural y lo urbano con una solvencia que rompió los esquemas del indigenismo
tradicional para abrazar un mestizaje cultural armónico y universal.
En conclusión, mi
propósito es reivindicar el reconocimiento de La Pampa como el lugar natal de
Zavaleta, pues considero, sin temor a equivocarme, que constituye un acto de
justicia histórica que resalta la importancia y el valor de los espacios
periféricos en la gestación y el desarrollo del talento literario de un
escritor. Cuando Eduardo sentencia y declara con firmeza que «uno es de donde
quiere ser», nuestro escritor ejerce su derecho a una identidad electiva; sin
embargo, sus obras y sus testimonios siempre estarán nutridos del aroma y de
los colores de los paisajes y de la gente de La Pampa, tal como se puede leer
en varios pasajes de su libro Los
aprendices, detalles de su trayectoria que lo devolverán siempre a la
estación inicial de su viaje.
REFERENCIAS
· Alvarado, N. (7 de
marzo de 2012). 7 de marzo:
Nace Carlos Eduardo Zavaleta. Chiquián y sus amigos.
· Mautino Guillén, A. (30
de junio de 2014). La
rutina del fuego. Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta. Vallejo & Co.
· Zavaleta Alegre, J. (31
de enero de 2020). La
tierra donde se vive y Carlos E. Zavaleta Rivera. Papel de Árbol.
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