lunes, 27 de julio de 2026

DONDE NACE EL ORGULLO Y GRATITUD POR LA PAMPA Con identidad, orgullo y un poco de nostalgia.

 Por: Edver Roman PAREDES MILLA

Colección: Wayra Kutimuq

Al escuchar a Luis Acosta Guerrero, en su hermoso himno a nuestra tierra llamado Añoranza Pampina: “Por más lejos que me encuentre, nunca, nunca te olvidare". Olvidar el lugar en el que uno nació es tan antinatural como olvidar a la madre. Hay un lazo umbilical inobservable que nos vincula con esta geografía, tanto en la abundancia como en la escasez, tanto en el bullicio de la confrontación como en el calor de la amistad, tanto en el recuerdo vivo como en el olvido insensible, y tanto en la diversión de los días festivos como en el aislamiento de la soledad. Como una manera de agradecer a la madre tierra y a los recuerdos benditos de la infancia vivida en compañía, tenemos el deber moral de mantenernos siempre unidos, de volver siempre por el mismo camino que nos alejó de ella; y de suavizar desavenencias entre hermanos y entre                conciudadanos para trabajar juntos, codo a codo, por su progreso y desarrollo.

Sentir la primera aspiración de aire pampino al regresar a sus caminos y calles es un acto geológico que conmueve. El pecho se expande, el olor a tierra mojada evoca memorias antiguas y las piernas nos estimulan para que recorramos de nuevo cada rincón de nuestra patria. Así, resuenan los ecos de la niñez: las bromas en el agua salada, la tranquilidad monumental de Piedra Grande, el verdor de Pukapampa, la intimidad del escondido Uchpuran y la vastedad que se extiende desde la llanura de Chahuan. Rememoramos a Chejepampa y su encantadora represa; al manantial de Puquio, que hoy agoniza; a la generosa Chontayoc; a Huaca Rumi, Espinopampa y Peypey; así como a Matikancha, ese lugar ritual en el que se lava la ropa de los muertos. También reverberan en la sección de algarrobo, refugio del camino y parada obligatoria en el difícil ascenso desde Cuyuchin; Huayu y el constante murmullo del canal de Ñahuin; Huacacorral, Pispal, Cacahuerta, Shicullbamba, La Comunidad, Huampish, Percuran, Llipiaj, Trigopampa, Mirasanta, Llacusbamba, Ninabamba y Pacatqui. A pesar de que muchos de estos lugares recientes pertenecen a distritos vecinos, abarcaron y albergaron los años más efímeros y dichosos de nuestra existencia.

En la memoria perdura el eco de los diálogos que tuvimos con esos hombres y mujeres visionarios que sentaron las bases del avance del pueblo. Los recordamos cuando diseñaban a pulso los canales de riego, trazaban calles y abrían caminos; construían la venerada iglesia, las aulas de nuestra escuela emblemática y la red de agua potable que tanto deseábamos ver convertida en agua 100 % segura. Nos acordamos de la construcción del puesto de salud, el local municipal, los parques y jardines; el cultivo casero de huertos y campos; y el ruido sordo que provocan los gigantescos molinos de piedra que funcionan con energía hidráulica. En la parte alta, el olor azucarado del jugo de caña hervida indicaba la elaboración de chancaca, chicha de caña y cañazo; por su parte, los huertos ofrecían naranjas frescas y mantecosas paltas. Honramos a los que construyeron caminos que nos comunican con la costa y el Callejón de Huaylas, a los que llevaron luz desde la Central Hidroeléctrica del Cañón del Pato, a los que pusieron el alcantarillado y a los que levantaron con esfuerzo el estadio San Francisco de Asís y las áreas deportivas.

 

Es imposible no recordar la expedición japonesa, encabezada por Kazuo Terada. Sus trabajos en el yacimiento arqueológico de Buena Vista nos dejaron un estudio invaluable que está guardado en la Biblioteca Nacional del Perú. A pesar de que actualmente existen algunas traducciones en fotocopia, nos sigue faltando la tarea de repatriar las piezas arqueológicas que yacen en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, ubicado en Pueblo Libre, Lima. Es urgente promover el Museo de Sitio en el área destinada a tal efecto, que está situada estratégicamente antes de subir a la Piedra Grande, al lado del ángulo superior del recinto del estadio.

La canalización del canal de riego de Ñahuin y los esfuerzos realizados a tiempo para establecer la Subestación Eléctrica en Yesopampa, un hecho que proporcionó estabilidad al servicio energético del distrito, son algunas de las obras representativas que cambiaron nuestra vida. De igual manera, la construcción de la Central Hidroeléctrica del Manta fue posible debido a la intervención de nuestros líderes y autoridades ante el Ministerio de Energía y Minas, en un proceso que estuvo marcado por tensiones elevadas entre la compañía, los trabajadores locales y las agendas ambientales. La habilitación de la vía por Huampish y Huarochirí fue otro paso crucial. Se trazó en un principio como una opción temporal ante las averías geológicas en Tres Cruces, pero luego se convirtió en una arteria permanente. La pavimentación de las vías principales del núcleo urbano y la construcción del palacio municipal durante dos gestiones sucesivas son también parte de esto, lo que demuestra claramente que el desarrollo colaborativo es factible cuando prevalece el interés general.

Ningún logro o avance hubiese sido posible, sin la dedicación cotidiana de choferes, agricultores, obreros, costureras, panaderos, hojalateros, carpinteros, herreros, albañiles y pequeños empresarios que promovieron el transporte y el trabajo local nada de esto habría sido posible. Queremos expresar nuestro reconocimiento a las familias pampinas que han educado a sus hijos en la superación personal y el amor al trabajo, así como a los pampinos que están organizados en agrupaciones de residentes en Lima, Chimbote y otras regiones del mundo. Un reconocimiento merecido a nuestros intelectuales y profesionales, a los deportistas y atletas valientes, a los artistas, músicos y compositores que llenaron de sensibilidad y melodía nuestro sentir, y a aquellos empresarios y emprendedores que abrieron senderos de éxito más allá del ámbito local. En cada taller, foro, escenario o compañía en los que tuvieron éxito, llevaron con ellos el nombre de La Pampa, aludiendo a su lugar de origen con auténtico orgullo y dignificando nuestra tierra con su habilidad. Además, honramos la memoria de quienes, a pesar de no haber nacido en esta tierra, vinieron, se establecieron y dieron su vida por nuestra gente.

Finalmente, ser y estar agradecidos con cada una de las autoridades: agentes municipales, alcaldes, subprefectos, tenientes gobernadores, jueces de paz y regidores; así como a los líderes de las comisiones de regantes, APAFAS y comités de productores; y también a las juntas directivas de los clubes deportivos que influyeron en nuestra juventud. Agradezco a los directores y entidades educativas de La Pampa, Mirasanta y Llacusbamba; a los efectivos de la Policía Nacional (antes conocida como Guardia Civil); a los médicos, enfermeros, parteras, técnicos y personal sanitario; y sobre todo, a las familias generosas que cedieron sus terrenos para proporcionar un hogar a la institucionalidad pampina. En la memoria de su trabajo colectivo reside la fuerza insuperable de nuestra identidad.

Jangas, julio del 2026.

viernes, 24 de julio de 2026

ENTRE DOS TIERRAS. Semblanza poética de Edver Román Paredes Milla

Hay quienes nacen en un solo lugar.
Y hay otros, como yo, que nacemos en dos.

La Pampa me vio llegar al mundo, con su cielo limpio y su viento fresco.
Allí di mis primeros pasos, abracé la tierra con los pies descalzos
y aprendí a soñar mirando el horizonte desde las campiñas.
Fui niño entre sus huertos y joven entre cada surco.
Esa mi tierra fue la raíz, de mi lenguaje original,
aquel eco de mi madre al llamar en el atardecer.

Pero la vida —tan terca y sabia como el río—
me conectó con Huaraz, la otra tierra que no me parió,
pero me adoptó como su hijo.
Me dio caminos, familia, maestros, libros y amigos.
Me dio una profesión, un sueño, una causa,
y en esas mágicas alturas aprendí a ser maestro
con el corazón generoso, la mente abierta y una voz persuasiva.

Entre idas y venidas, retorné a La Pampa.
Y regresé acompañado: volví con conocimientos, saberes y herramientas,
con ganas de retribuir un poco de todo lo que recibí.
Fui maestro, fui alcalde, vecino, fui hijo del pueblo una vez más.
Pero el destino y el tiempo, esos viajeros incansables,
volvieron a tender sus hilos hacia Huaraz.
Y Huaraz me abrazó otra vez, cual hijo pródigo.

Ahora están aquí, mi familia, mi futuro, mi vejez.
mis responsabilidades, mis horas, mis días.
Aquí sigo escribiendo el presente, el futuro, aunque el corazón
siga viajando de vez en cuando hacia el pasado.

Porque cada vez que regreso a La Pampa,
me duele el corazón, se me iluminan los ojos y brilla la mente.
Pero también siento, en silencio, con el alma en la mano,
que ya no soy del todo de allí.
Que existen distancias que no se calculan en kilómetros,
sino en transformaciones, en raíces.

Y entonces, con el tiempo he logrado entender:
que no se trata de elegir una sola patria,
sino de abrazar a las dos.

Una me dio la vida, el afecto maternal, desarrolló mis sentidos.
La otra me dio el vuelo, la visión, la ciencia y la conciencia.
Y entre ambas, sigo caminando.


martes, 14 de julio de 2026

EDUARDO ZAVALETA Y LA PAMPA: LA RAÍZ QUE NO SE OLVIDA Memoria, origen y huella literaria en la formación de un extraordinario narrador ancashino

Por: Edver Paredes Milla

Colección: Wayra Kutimuq

Todo empezó cuando, en mi rutina de lector habitual, me encontraba revisando Pueblo Azul (1996), uno de los libros trascendentales de Carlos Eduardo Zavaleta, escrito en el contexto de sus vivencias en la provincia de Sihuas y en torno al aluvión que asoló esta importante ciudad de Áncash. En algún trayecto de la narrativa, donde refiere un viaje intempestivo de Sihuas a Caraz, al pasar por Yanac, menciona a La Pampa, mi tierra natal, y la describe con un pincel poético y artístico al escribir en uno de sus párrafos: «pasé por el paraíso de las frutas». Es allí donde percibo la señal exacta para iniciar una búsqueda constante de información sobre la vida de este gran escritor ancashino, bajo el entendido de que solo alguien que ha vivido en el territorio pampino, o que lo ha conocido de cerca, podría haber descrito de una manera tan formidable y casi poética a mi pequeño terruño, mi tierra bonita.

Conforme pasaron los años, de manera gradual y progresiva, continué mi exploración bibliográfica en soportes físicos, digitales y virtuales; incluido sus producciones literarias: El cínico (1948), Los Íngar (1955), Los Aprendices (1974), Retratos turbios (1982), Pálido pero sereno (1997), entre otros. Revisé diversas publicaciones y entrevistas realizadas a Carlos Eduardo Zavaleta, o que trataban sobre él, en las cuales le preguntaban de vez en cuando sobre su lugar de nacimiento. Ante esto, era frecuente su respuesta de que había nacido en la ciudad de Caraz el 7 de marzo de 1928; sin embargo, como para dejar algunas señales para hacer nuestra investigación y seguir inquietándonos en la incesante búsqueda de su origen, dejaba abierta la opción de haber nacido en otro lugar al reiterar siempre que Caraz era su tierra adoptiva.

 

Fue en ese camino que encontramos una cita de las palabras y expresiones propias de nuestro galardonado escritor en una publicación de Danilo Sánchez Lihón (citado por Alvarado, 2012): «Puesto que había nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Huaylas, cuyo nombre exacto desconocían en la escuela (¡y lo peor, en los pueblos adonde nos mudábamos!) escogí la capital, y desde entonces dije que había nacido en Caraz. Solo así recordaron el sitio. Tanto que hasta lo repiten los críticos».

En esa misma publicación, Sánchez Lihón agrega lo siguiente: «Él nació en 1928, se dice que, en Caraz, departamento de Áncash, pero lo cierto es que nació en La Pampa, cuando este lugar pertenecía a la extensa provincia de Huaylas, ahora en la jurisdicción de la provincia de Corongo. Su padre era telegrafista, funcionarios que en ese entonces eran trashumantes y errabundos, a quienes cada dos o tres años los trasladaban a uno y otro pueblo. Igual que Gabriel García Márquez» (citado por Alvarado, 2012).

En ese mismo sentido, Jorge Zavaleta Alegre (2020), corresponsal de Diario16 y El Mercurio Digital de España, escribe en el blog Papel de Árbol que Carlos Eduardo Zavaleta fue hijo de un dinámico telegrafista, a quien acompañó desde La Pampa, en la provincia de Corongo, y por otras poblaciones que recibían los servicios de correos y telecomunicaciones. Después, su vida transcurrió en Caraz (provincia de Huaylas, Áncash) y en otras localidades, circunstancias que le permitieron entender y explicar que el ser humano puede ser de muchos lugares o que «uno es de donde quiere ser» (Zavaleta Alegre, 2020).

De acuerdo con una publicación de Carlos Garay Veramendi (citado por Solórzano, 2013), se refiere que en la revista El Inca (N.° 294), publicada y dirigida por Rómulo Pajuelo Prieto, se incluye un artículo a la vez interesante y polémico titulado «Las cenizas del Dr. Carlos Eduardo Zavaleta». En el encabezado, el autor precisa con claridad que, cuando se intentó cuestionar el origen biológico del escritor —es decir, La Pampa, Corongo—, Carlos Eduardo Zavaleta respondió categóricamente: «El hombre es del lugar donde quiere ser, y yo soy de Caraz» (citado por Solórzano, 2013).

En una entrevista concedida a Alejandro MAUTINO GUILLÉN, publicada en el portal Vallejo & Co. el 30 de junio de 2014, ante la pregunta «¿Usted elige los temas o estos terminan eligiéndolo a usted?», Carlos Eduardo Zavaleta respondió: «Yo siendo serrano y llegando a Lima por primera vez, me sorprendió por lo distinta que era la vida con relación a la sierra. Y por esa razón, y de modo consciente, escribí una novela sobre Lima. Pero luego, en el intervalo de eso y lo que vino después del año 1947 y 1948 se produjo en mí lo natural. Las cosas salieron poco a poco, merced a mis lecturas de distintos autores desde Dostoievski hasta los existencialistas franceses. Entonces, poco a poco, salieron mis recuerdos de mi vida en Corongo, en La pampa, Sihuas, Pomabamba, etc. De tal manera que todo vino a mí, incluso mi vida en Tarma; donde pasé tres años en el colegio. De modo que, absolutamente todo me vino de forma natural y así salió» (Mautino Guillén, 2014).

En ese mismo diálogo con Mautino Guillén (2014), resulta sumamente revelador cómo el autor define su propia raíz: «¿De dónde provengo? de la sierra, de un pueblo pequeño [...] la sede [sic] huérfana, la sede hermosa, pequeña, diminuta [...]. Entonces era un camino que va desde lo más pequeño a lo más amplio».

Aunque eluda nombrar su partida de nacimiento de forma explícita, esta declaración constituye la reivindicación definitiva de La Pampa. Esa «sede diminuta y huérfana» no corresponde al prestigio de una vitrina más grande como Caraz, sino a la periférica y entrañable estación pampina. Es exactamente allí, en lo más «pequeño» de ese paraíso frutal, donde late el verdadero kilómetro cero de su sensibilidad: el origen auténtico desde donde proyectó su inmensa modernidad literaria hacia lo universal (Mautino Guillén, 2014).

Reivindicar este origen no implica desmerecer a la bella ciudad de Caraz, la cual fungió como su naturaleza adoptiva, su hogar espiritual y la plataforma de sus mayores relaciones y reconocimientos. Al contrario, se trata de completar la ruta y el mapa de una identidad diversa que se nutre tanto de la voluntad como de la raíz profunda, de la génesis y del pueblo donde nació. La geografía afectiva de Zavaleta en el «Paraíso de las frutas» es la base sobre la cual se edificó su «geografía del deseo», lo que le permitió transitar entre lo rural y lo urbano con una solvencia que rompió los esquemas del indigenismo tradicional para abrazar un mestizaje cultural armónico y universal.

En conclusión, mi propósito es reivindicar el reconocimiento de La Pampa como el lugar natal de Zavaleta, pues considero, sin temor a equivocarme, que constituye un acto de justicia histórica que resalta la importancia y el valor de los espacios periféricos en la gestación y el desarrollo del talento literario de un escritor. Cuando Eduardo sentencia y declara con firmeza que «uno es de donde quiere ser», nuestro escritor ejerce su derecho a una identidad electiva; sin embargo, sus obras y sus testimonios siempre estarán nutridos del aroma y de los colores de los paisajes y de la gente de La Pampa, tal como se puede leer en varios pasajes de su libro Los aprendices, detalles de su trayectoria que lo devolverán siempre a la estación inicial de su viaje.

 

REFERENCIAS

·       Alvarado, N. (7 de marzo de 2012). 7 de marzo: Nace Carlos Eduardo Zavaleta. Chiquián y sus amigos. https://naloalvaradochiquian.blogspot.com/2012/03/7-de-marzo-nace-carlos-eduardo-zavaleta.html

·       Mautino Guillén, A. (30 de junio de 2014). La rutina del fuego. Entrevista a Carlos Eduardo Zavaleta. Vallejo & Co. https://www.vallejoandcompany.com/2014/06/30/la-rutina-del-fuego-entrevista-a-carlos-eduardo-zavaleta/

·       Solórzano, J. (28 de enero de 2013). ¿Caracino Carlos Eduardo Zavaleta? Caraz Dulzura. https://juliosolorzano.blogspot.com/2013/01/caracino-carlos-eduardo-zavaleta.html

·       Zavaleta Alegre, J. (31 de enero de 2020). La tierra donde se vive y Carlos E. Zavaleta Rivera. Papel de Árbol. https://papeldearbol-papeldearbol.blogspot.com/2020/01/la-tierra-donde-se-vive-y-carlos-e.html

martes, 23 de junio de 2026

MEJORANDO LA SALUD: LA GESTIÓN DEL CLAS LA PAMPA Y EL SALTO A LA MODERNIDAD

Por: Edver Roman PAREDES MILLA

Colección: Wayra Kutimuq

Hasta el primer quinquenio de la década de los 90, el panorama de los servicios de salud en nuestro distrito de La Pampa era restringido. Contábamos con un Puesto de Salud cuya atención recaía exclusivamente en dos técnicos nombrados; para cualquier atención profesional se tenía que acudir a Corongo, Caraz o Chimbote. El año 1995, la Dirección Regional de Salud (DIRESA) impulsaba un modelo innovador: el Programa de Administración Compartida, basado en una gestión conjunta entre el Estado y la comunidad; de tener la voluntad, la decisión y el cmpromiso, se tenía que conformar el Comité Local de Administración de Salud, en siglas CLAS.

El equipo de la DIRESA y del Centro de Salud Corongo, liderado por el Dr. Rony Villalva Li, había recorrido diversos distritos de la provincia buscando condiciones para implementar este programa, pero sin éxito. El último destino de aquella ruta fue nuestro distrito.

En mi calidad de docente del Colegio Santiago Antúnez de Mayolo, recibí a los funcionarios. Tras escuchar las ventajas de profesionalizar la atención médica en nuestro pueblo, no dudé un instante: era la oportunidad que La Pampa esperaba. Me puse manos a la obra y convoqué a los profesores Godfrey Valdés Mariño y Lila Lúcar Villalva, quienes con gran civismo se sumaron como integrantes de la primera junta Directiva.

Sin embargo, el camino burocrático fue empinado. Como toda persona jurídica, el Comité Local de Administración de Salud (CLAS) requería inscripción en Registros Públicos, gestiones bancarias y el armado de un expediente complejo ante la DIRESA Ancash. Todo esto exigía una inversión económica con la que no contábamos. Acudimos entonces al alcalde distrital, el Prof. Edward Acosta Niñez, quien con visión de progreso nos otorgó un préstamo que permitió viabilizar los trámites. Cabe destacar que, con el tiempo y bajo una administración responsable, el CLAS devolvió íntegramente dicho monto.

La espera dio frutos en septiembre del año siguiente. Se oficializó la creación del CLAS La Pampa, un logro histórico que transformó el Puesto de Salud en un centro de atención profesional. Fuimos dotados de un equipo multidisciplinario: un médico, una obstetriz, una enfermera y un técnico para el sector de Llacusbamba, Caserío que para entonces ya contaba con un nuevo local; también se contó con un presupuesto para ampliar el horario de atención por parte del personal técnico nombrado.

A partir de ese momento, la mejora fue imparable. Se adquirieron camillas, refrigeradoras para vacunas, equipos de cómputo, radios de comunicación, televisores para campañas preventivas y moderno instrumental médico. El antiguo local del Parque San Francisco se renovó por completo, optimizando también la gestión administrativa.

La Pampa hizo historia al convertirse en el primer Puesto de Salud de la provincia de Corongo en ofrecer servicios profesionales de salud; la comparación no incluye el Centro de Salud Corongo, que para entonces ya contaba con un equipo de profesionales de la salud. Este avance no solo benefició a los residentes locales, sino que atrajo a pacientes de diversos centros poblados, estancias e inclusos distritos, fortaleciendo los ingresos propios del establecimiento y garantizando su sostenibilidad del programa.

Tras casi tres años al frente de la Presidencia del CLAS, entregué la posta a una nueva directiva. Posteriormente, la solidez de este modelo permitió que el CLAS La Pampa se expandiera a nivel provincial, transformándose en lo que hoy conocemos como el CLAS Microred Corongo.

Escribo estas líneas para dejar constancia de una gestión nacida del esfuerzo desinteresado. Fortalecer la salud es la forma más noble de proteger a los más vulnerables; a aquellos que, por falta de recursos, solo cuentan con el hospital de su pueblo como baluarte frente a la adversidad. La historia del CLAS es, en esencia, la historia de un pueblo que decidió no esperar el futuro, sino construirlo.

 

Huaraz, abril del 2026.

LA PIEDRA GRANDE Hatun Rumy

Por: Edver Roman Paredes MillColección: Wayra Kutimuq. Jangas, 23 de junio del 2026.

Cual sea la ruta de ingreso a La Pampa, sea que vengas de Caraz o Chimbote, de Corongo o Sihuas, se verá imponente nuestra piedra grande en uno de los sectores más áridos del territorio de nuestro distrito. Está sentada en la parte baja de la ciudad, sobre un montículo que guarda tesoros del pasado, de lo queda de nuestros ancestros preincas. Está allí cual estatua de una deidad antigua, como un coloso guardián que todo lo ve, observa los 360° grados del gran Sitio Arqueológico Buena Vista. Una cruz en la cúspide nos indica que aquel monumento lítico —que representa el pasado, presente y tal vez el futuro de nuestra patria chica— no es cualquier piedra: es un símbolo especial para los pampinos, un santuario, por lo menos así se ve desde el lado oeste, un centro de adoración y sacrificios de nuestros antepasados. Además, la cueva grande bajo sus entrañas es un lugar con una gran frescura para descansar luego de un agitado y deshidratante recorrido, y si es de noche, se presta perfectamente para encender fogatas y pasarla bonito.

Cuántos recuerdos de los que hemos vivido nuestra infancia en La Pampa fluyen al mirar su silueta. Más allá de las caminatas subiendo al bosque de piedras, de dibujar y escribir mensajes en las pencas, o de asombrarnos ante el misterio de aquellos vestigios de la cultura preinca en la zona, el lugar guarda nuestra historia. Quienes hemos pasado la niñez pastando ovejas o cabras y recogiendo los frutos de las plantas silvestres, sabemos bien qué es haber disfrutado de un hermoso entorno, siempre bajo la fiel y constante vigilancia del coloso monumento de nuestra naturaleza, la Piedra Grande, el guardián que nos heredaron nuestros antepasados.

Ya siendo adolescentes y jóvenes, la gran roca se transformó en el escenario de incontables citas románticas bajo su sombra y las enormes piedras aledañas. No importaba si era de día bajo el abrasador calor del sol pampino, en horas de la tarde acompañado de la frescura del viento reconfortante o en horas de la noche bajo el manto de la oscuridad cómplice; el ambiente siempre se tornaba mágico junto a la luz nocturna de las luciérnagas y el cántico quejumbroso de alguna ave nocturna, sea de buen o mal agüero. En realidad, nada de eso importaba si estabas bien acompañado.

 Yo no tengo la suerte de haber trepado a la cumbre y no he disfrutado de contemplar desde allí el majestuoso bosque de tunas de Yeso Pampa, el rojiblanco color de la paradisíaca agua salada con su arroyo espumoso, las campiñas productivas de Puka Pampa y el espeso monte que cubre a Uchpuran con sus manantiales en riesgo de extinción. Tampoco he presenciado desde lo alto algún partido de fútbol en el estadio San Francisco o la panorámica del barrio 28 de Julio con su gran cantidad de viviendas y lo extenso del barrio Bellavista, que sigue creciendo imparable por el norte. Sin embargo, según escuché decir a los que han subido a la cumbre, la parte central de La Pampa se ve hermosa; la ciudad entera se rinde ante los ojos del que observa desde la parte más alta.

Actualmente, la cruz está conectada a la red de energía eléctrica general del distrito, por lo que sería una gran iniciativa mejorar su tamaño e iluminarla para permitir paseos nocturnos y promover la economía del barrio Buena Vista. Por el contrario, lo que sí debería estar estrictamente restringido es cualquier intento de escalada a su cumbre. Esto responde a los riesgos de accidentes que implica y además en razón a que el contacto humano constante deteriora el material lítico; está demostrado científicamente que este tipo de roca es frágil, un desgaste que ya es bastante notorio en la base de dicha estructura.

 Para un disfrute pleno de este bello entorno de manera responsable, los muchos senderos que serpentean en torno a la gran piedra, entre los laberintos caprichosos del bosque de rocas y tunales, se considera hoy como un espacio perfecto para caminatas de rutina y la práctica de un deporte tan de moda como el ciclismo de montaña, dejándonos llevar por el viento que sopla en las tardes con mayor intensidad, pero cuidando de no dañar las rutas marcadas.

Es un escenario perfecto para el descanso, un picnic ligero o almuerzo de campo, que no deje restos de alimento o algún daño mayor al paisaje; y para inmortalizar nuestra experiencia o aventura como se le llame, unas fotografías junto a la imponente piedra grande, el bosque de rocas, los gigantones, las pencas, las pitahayas y el florecer de los tunales. No obstante, una precisión, para salvaguardar nuestra herencia histórica subterránea y superficial de Buena Vista, el uso de todo vehículo motorizado queda descartado, dado que las vibraciones y su peso podría afectar el frágil suelo que custodia las únicas evidencias de nuestros ancestros preincas.

Con el tiempo, y si cada quien pone su granito de arena, Hatun Rumi puede convertirse en un atractivo turístico de primer nivel. Para ello, es vital cuidar la estructura, mantener limpia la cueva, prohibir las pintas en sus superficies y conservar intacto el camino construido a su alrededor. Asimismo, se deben proteger el bosque de piedras del entorno que simulan figuras de patos, sapos y pumas, además de preservar los tunales, pencas, gigantones, pitahayas y todo tipo de plantas silvestres que por allí abundan. Finalmente, si los ciudadanos del barrio de Buena Vista organizan tardes culturales con música pampina y venta de anticuchos, cachangas o picarones, la zona no solo mantendrá su enorme potencial paisajístico, sino que pasará a tener un gran desarrollo económico.

 

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

LA MIRADA DEL FORANEO. La fuerza de la periferie frente a la ceguera del núcleo.

 Lic. Edver Román Pardes Milla.

En varios contextos culturales e históricos, la presencia de forasteros ha sido un catalizador para la innovación y el cambio social. Cuando una persona ajena a la comunidad llega, normalmente se produce un proceso de relectura del entorno. El forastero, al ser un observador externo a las rutinas del lugar, tiene la habilidad de reconocer tensiones, deficiencias o potencialidades que los residentes locales han dejado de notar. Esta condición de “mirada periférica” le facilita ver con claridad lo que el centro, acostumbrado y satisfecho en su propio orden, ha dejado de observar.

Este fenómeno puede entenderse, desde un enfoque sociológico, como una dialéctica entre el centro y la periferia. El núcleo, que se comprende como un espacio de tradición, poder o comodidad, tiene la tendencia a replicarse; por lo tanto, se vuelve opaco frente a la novedad. Por otro lado, la periferia representa una fuerza disruptiva, una energía de interrogación y apertura. El foráneo —que se encuentra simbólicamente en esa periferia— presenta perspectivas distintas que cuestionan las certezas del centro y fomentan procesos de renovación, ya sea a nivel cultural o institucional.

La historia, en el caso de Perú, proporciona ejemplos que ilustran. La economía local no solo se vio afectada por la llegada de comunidades extranjeras, como la china en el siglo XIX, sino que además las dinámicas sociales y la vida diaria de pueblos y barrios experimentaron cambios. El llamado "chino de la esquina", un comerciante que, a partir de su diferencia, se convirtió en una parte fundamental del entramado comunitario, es una figura representativa de dicha interacción cultural. Asimismo, la presencia de profesores, técnicos o expertos que vienen de otros países ha ayudado a expandir perspectivas al incorporar ideas y conocimientos diferentes, aunque no necesariamente mejores.

Desde una perspectiva simbólica, la imagen del foráneo también genera interés y atracción personal. Su condición de extraño —portador de lo desconocido— suscita deseo y curiosidad, tal como se representa en la literatura latinoamericana; por ejemplo, en La casa verde, obra de Mario Vargas Llosa. Allí, la llegada del "hombre nuevo" trastorna el equilibrio emocional del pueblo. De esta manera, el foráneo no solo altera las estructuras económicas o culturales, sino también las emocionales.

Para concluir, el punto de vista del extranjero hace posible reconsiderar las fronteras entre pertenencia y alteridad. Su fortaleza se encuentra en esa tensión: la del que mira sin estar del todo involucrado, y por lo tanto es capaz de ver más allá de lo obvio. La periferia representa la oportunidad de renovación, en contraste con la ceguera del núcleo, que es consecuencia de la repetición y el hábito. Entender esta dinámica no solo brinda una reflexión acerca de la identidad y la cultura, sino que además proporciona una clave para comprender cómo se producen los cambios en las sociedades actuales.

14 de diciembre del 2025.

jueves, 11 de diciembre de 2025

EL DOCENTE DE ESTOS TIEMPOS: Cada día más psicólogo y menos pedagogo. Lic. Edver PAREDES MILLA

 

“De todas las victorias humanas les toca a los maestros, en gran parte, el mérito. De todas las derrotas les toca en cambio, en gran parte, la responsabilidad”.

J.C.  Mariátegui.

Yo no tuve la valentía que tuvieron y tienen muchos maestros de jugarse la vida por ser docentes de aula desde el inicio hasta el fin de su carrera magisterial. Esa es la razón por la cual siempre he tenido las mejores consideraciones por mis colegas maestros, tanto de la zona urbana como de las zonas rurales; por ese despliegue de capacidades y esa fuerza de voluntad para dedicar gran parte de su tiempo a los niños, niñas y adolescentes de nuestra patria, aun a riesgo de descuidar el cuidado de los suyos.

De mi parte, siempre ha sido mi mayor frustración no haber podido brindarles ese reconocimiento concreto a los maestros, más allá de mi aporte como capacitador o facilitador de talleres en innumerables eventos y actividades académicas. Nunca pude romper esas trabas administrativas que dificultan otorgarles un merecido reconocimiento a las maestras y maestros innovadores, y que este sea pertinente y oportuno.

Tal vez el poco valor que el Estado y la sociedad en general brindan a nuestros Maestros de Escuela se deba a que les pedimos tanto, pero les ofrecemos tan poco. Es allí cuando creemos que, hagan lo que hagan, nunca es suficiente. Esperamos demasiado de este profesional del sistema educativo, que por más cariño y afecto que tenga por nuestros estudiantes, no tiene una lámpara mágica ni es Aladino para resolver, con una sola frotación, los problemas que rodean el contexto social y familiar de los escolares.

Está claro que el profesor no puede ponerse sobre los hombros los pendientes que existen en la sociedad y en la familia respecto a la vida de un escolar. No puede suplir necesidades aún insatisfechas de los seres humanos en edad escolar: una buena alimentación, el buen trato y afecto como corresponde, útiles escolares que faciliten el aprendizaje, agua segura en su vivienda, un buen estado de salud, energía eléctrica, conectividad, movilidad para llegar a su escuela… necesidades que afectan tanto a escuelas rurales como urbanas.

Y frente a las dificultades de convivencia y relacionamiento en las escuelas —un tema de enorme complejidad que hasta ahora no ha encontrado eco real en las autoridades— terminamos esperando de un maestro más psicólogo que pedagogo. A veces incluso queremos un docente terapeuta, enfermero, y en los casos de conflictos interpersonales, abogado o conciliador. Asumir el rol de papá o mamá cuando faltan útiles escolares y el propio maestro debe proporcionarlos; o, ante situaciones de acoso escolar, hacerla de consejero emocional.

En resumen, queremos que el maestro sea un superhéroe. Y, aunque en algunos casos lo es, no debería serlo. Porque hacer cosas que no le corresponden como rol, función o competencia solo demuestra la necesidad de apoyarlo con condiciones básicas mínimas para que él o ella se dedique a lo que verdaderamente sabe y debe hacer: generar buenos aprendizajes y que estos sean de calidad.

EL PARQUE SAN FRANCISCO DE ASÍS: Tradición y memoria viva de La Pampa

  Por: Edver Roman PAREDES MILLA Colección: WaYyra Kutimuq El Parque San Francisco de Asís es mucho más que un diseño urbano: es el gran...